Ayer falleció el padre Javier Cheesman en la ciudad de Lima a los 81 años. El derrame cerebral que sufrió hace tres años lo dejó muy limitado física e intelectualmente, pero siempre conservó su buen humor y porte fino y elegante. Me vienen a la mente infinidad de recuerdos de don Javier, amigo y cultor de las letras y los idiomas. Atento siempre a los matices de la lengua castellana apuntaba diariamente en sus libretitas las palabras, los usos y sentidos nuevos que percibía en el habla cotidiana. Se movía como Pedro por su casa con el inglés y francés (con su mamá se comunicaba en francés) y era un exquisito cultor del latín. Tenía en mente preparar un curso de latín para que lo entendiera un ama de casa. Lo poco que sé de hebreo y griego lo aprendí de él.

Hay una anécdota que lo caracteriza muy bien. El P. Cheesman cursó sus estudios de lengua y literatura en la Universidad de San Marcos e hizo su tesis doctoral con Luis Alberto Sánchez sobre la poesía de Abraham Valdelomar. En plena investigación, publicó en 1958 una edición crítica de la “Obra Poética” de Valdelomar. La obra lleva un proemio de Sánchez, pero don Javier no aparece para nada, tan sólo unas tímidas iniciales J. E. Ch. Más discreto no se puede ser y así fue la vida de don Javier en la docencia e investigación universitaria, en su labor sacerdotal y en la vida de familia en los diversos centros del Opus Dei en donde vivió. Un hombre que comprendió la grandeza del hacer y desaparecer y que entendió su oficio ministerial como un servicio al prójimo siendo él alfombra para que los demás pisen blando.

Su tesis doctoral sobre la poesía de Valdelomar (1959) sigue siendo un referente obligado para aquellos que desean adentrarse en la obra de este poeta y, como lo ha señalado Ricardo Silva Santisteban, es una pena que no haya sido publicada hasta ahora. De hecho, don Javier, durante su estancia en la Universidad de Piura de la que fue profesor fundador, continuó con sus investigaciones sobre Valdelomar publicando en la Colección Algarrobo un pequeño libro que tituló “Valdelomar en Piura” (1973). Cuando estuve con él hace algunos años me comentó que tenía nuevas indagaciones sobre su autor preferido y deseaba actualizar lo que escribió en aquel librito.

De su paso por la Academia Diplomática del Perú le quedó la inclinación por el conocimiento de la cultura peruana. Fue un gran admirador de Víctor Andrés Belaunde y dedicó lo poco que le dejaba de tiempo su labor sacerdotal para leer y estudiar en profundidad ensayos de historia y novelas sobre la realidad latinoamericana. Dejó avanzado un estudio crítico sobre los “Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana” de Mariátegui –llegó estudiar hasta el sexto ensayo- y no tienen pierde sus comentarios al “Pedro Páramo” y “El llano en llamas” de Juan Rulfo y a “La guerra del fin del mundo” de Vargas Llosa. Admirador como era de la gran literatura tenía un conocimiento de los clásicos universales y no dejaba de mirar por el rabillo del ojo a la buena literatura contemporánea, aquella que versaba sobre cosas de fundamento. De ahí su gran admiración por la monumental obra de Charle Moeller, “Literatura del siglo XX y cristianismo”.

He de terminar y me viene a la mente uno de los poemas de Valdelomar que el P. Cheesman descubrió en Piura y con algunos ligeros arreglos puedo escribir: “Salgo a clases ahora, tengo un motivo/ Tengo deseos de rezar por don Javier,/ tengo un deseo de verter/ sobre el frío estupor de las calles sombrías/ una lágrima muda, con gran suspiro,/ la miel de mi corazón que solloza en su nido/ como un polluelo, sin saber por qué…” Descanse en paz, don Javier.

Piura, 25 de agosto de 2010