La vieja Lima, la Lima cuadrada, abandonada en los años ochenta, invadida por comerciantes ambulantes y ahogada en el smog de buses y micros languidecía año tras año hasta que el alcalde Andrade empezó a recuperarla y a ponerla en valor. Labor continuada, afortunadamente, por los alcaldes sucesivos. No deja de ser la vieja Lima, pero tiene ahora la cara limpia y luce los colores de oro viejo de su herencia colonial y republicana. La Plaza de Armas de piedras señoriales y jardines coloridos hace juego con la modernidad afincada en el Pasaje de Escribanos en donde se encuentran elegantes cafeterías y buenas librerías. Puestos a imaginar, sólo faltan las tapadas limeñas caminando pasito a paso por entre jardines y pasillos.

Este año me encuentro con una gratísima sorpresa: el nuevo museo del Palacio Arzobispal de Lima. Hasta el año 2008, en este edificio, pegado a la Catedral de Lima, funcionaban las oficinas administrativas del Arzobispado de Lima. En el 2009 se hicieron obras de restauración del edificio para que vuelva a recuperar la prestancia que tuvo en su última remodelación de 1924, un edificio de arquitectura neocolonial al estilo de Torre Tagle. Dicho y hecho, el edificio ha quedado recuperado, convertido en un precioso museo de arte religioso inaugurado en enero de este año con una exposición temporal dedicada a mostrar la devoción a la Virgen María en el Perú, con obras de los siglos XVII y XVIII.

La iniciativa ha partido del actual arzobispo de Lima, Cardenal Juan Luis Cipriani que ha visto en este aporte cultural de la Iglesia una forma de magisterio vivo para acercar a los fieles al Dios que habitó entre nosotros, a través de estas expresiones artísticas que tan bellamente han sabido recoger el paso de la Madre de Dios en la historia de la humanidad. Por otro lado, la puesta en escena del museo ha correspondido a su director, José Alberto Christiansen, joven empresario y coleccionista quien, a su cultivada sensibilidad artística por el arte sacro, ha sabido unir sus condiciones de gestor cultural.

Cada pintura, cada talla hay que mirarlas reposadamente, mirando y dejándose mirar. Los ambientes están conseguidos y ayudan al recogimiento. Me han encantado los varios óleos dedicados a San Joaquín y Santa Ana. Un conjunto en talla policromada de la Sagrada Familia son una preciosura –de momento sólo se pueden apreciar a Jesús y María- Pero, quizá, una de las piezas más valiosas de la muestra actual sea el óleo de la Coronación de la Virgen del pintor Cristóbal Lozano (1705-1776), en cuyos trabajos se muestran influencias de la escuela barroca limeña y de la iconografía francesa de la época. Sin duda uno de los grandes pintores peruanos.

El segundo piso del edificio conserva la función de Palacio Arzobispal para las actividades oficiales de la sede. Allí está la Capilla y en ella, como valiosa reliquia, se conserva el cráneo de Santo Toribio de Mogrovejo (1538-1606), Arzobispo de Lima desde 1581, infatigable misionero, organizador de la Iglesia sudamericana y con razón patrono del episcopado latinoamericano. En 1598 le escribía al Papa Clemente VIII: “he administrado la confirmación a más de 600,000 almas, andando y caminando más de 1,200 leguas (3,000 kms.), muchas veces a pie por caminos muy fragosos, …entrando a partes remotas de indios cristianos, …adonde ningún prelado ni visitador habían entrado”. Murió, precisamente, en uno de esos extenuantes viajes, en el norte del Perú, Zaña. Con justa razón, entre otros títulos, lo conocemos como el protector de los indígenas. 

Chosica, 13 de agosto de 2010.

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