Con este acertado  título el hispanista francés, Jean Dumont (1923-2001) ha escrito un magnífico libro (versión en español por editorial Encuentro, 2009) sobre la llamada Controversia de Valladolid, debate convocado por el emperador Carlos V, durante 1550 y 1551, para que los convocados Bartolomé de las Casas (1484-1566) y Ginés de Sepúlveda (1490-1573) “trataren y platicaren sobre la manera como se hicieren estas conquistas, para que justamente y con seguridad de conciencia se hicieren”. Autor y libro abren un horizonte sugestivo sobre este primer debate acerca de los derechos del hombre, justo en esa época inicial de nuestra historia en la que se funden la herencia incaica e hispana de la peruanidad.

Religión y política tienen en este período una estrecha relación como lo ha hecho notar Octavio Paz: “Al contrario que la codicia, que es de todos los tiempos y lugares, el deseo vehemente de convertir no aparece en todas las épocas, ni en todas las civilizaciones. Ahora bien, ese deseo vehemente es lo que da su especial fisonomía a la época de la Conquista. En la Conquista de América la política se vive en función de la religión”. La esencia de la Controversia de Valladolid es justamente eso, y esta sublimación de la política por la religión es lo que le da su “fisonomía”. Pues como recuerda el americano Lewis Hanke: “Ninguna otra nación colonial se esforzó con tanta constancia o vehemencia para determinar el trato justo que debía darse a los pueblos aborígenes bajo su jurisdicción”.

Dumont tiene la cualidad de hacerse con el tiempo del hecho y eso le da un realismo medido a su estudio sólidamente documentado. Desmonta muchos mitos alrededor de la figura de Las Casas (“el bueno”) y de Sepúlveda (“el malo”). En gran parte atribuye a los escritos y actividad polémica de Las Casas la leyenda negra que corre sobre la presencia española en América. Y ciertamente su postura es marcadamente unilateral: la maldad estaría del lado de los conquistadores y soldados españoles y la bondad del lado de los indios americanos, “entes prefectos en su naturaleza, en sus cuerpos y en todas sus facultades y más perfectos que todos los otros pueblos, incluidos los pueblos cultos de la Antigüedad, griegos y romanos”. Desde la perspectiva antropológica cristiana la postura lascasiana es un angelismo que desconoce la presencia y universalidad del pecado original en todos los seres humanos: españoles e indios por igual. El mito del buen salvaje ya está presente en  Las Casas.

¿Cómo llevar a cabo la labor evangelizadora a las nuevas tierras americanas? ¿Hay que hablar sólo de Dios, prescindiendo de la condición humana y la cultura? ¿El Evangelio junto con el soldado? Temas todos difíciles en su momento y como dice Dumont Las Casas y Sepúlveda pueden descansar en paz porque la actividad evangelizadora de finales del siglo XVI fue encontrando caminos más acordes con la voz del Evangelio: ni conquista impuesta por sí misma ni renuncia al esfuerzo civilizador y evangelizador. Son los términos que usa el jesuita José de Acosta en su libro “De procuranda indorum salute” de 1589: “Es inútil enseñar lo divino y lo celestial a quien no vive ni comprende lo humano”. Las Reducciones, como las de Paraguay,  tuvieron ese propósito. De este modo, la controversia de Valladolid enseña que, como  condición a una verdadera cristianización, el primero de los derechos del hombre es el de ser humanizado: la Gracia sana y eleva a la naturaleza humana, pero no prescinde de la condición humana y de las instituciones civilizadoras.

Piura, 24 de julio de 2010.

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