La noticia que corrió hace algunas pocas semanas acerca de una pequeña manifestación pro senderista en la Universidad de San Marcos ha vuelto a resucitar el fantasma de Sendero Luminoso y el marxismo en las universidades. De hecho, la prensa ha recogido algunas noticias más de pintas en la universidad de Huancavelica y en La Cantuta. El pánico de los años pasados, la bomba en Tarata, los cientos de muertos que trajo consigo la locura senderista, son realidades que conservamos muy frescas y explican la alarma generada en diversos ambientes.

La politización de la vida universitaria peruana se acentuó a finales de los años sesenta. El pensamiento se tornó único, especialmente, en las universidades nacionales: sólo se estudiaba el marxismo. Todos los cursos tenían esa común matriz y aquellas asignaturas, cuyos profesores adoptaban una orientación diversa a la marxista, tenían muy mala prensa. En plena época del terrorismo, a finales de los ochenta y principios de os noventa, tuve la oportunidad, de dictar conferencias críticas sobre el marxismo en el paraninfo de la Universidad San Antonio Abad del Cusco y el pedagógico de Huancavelica. El ambiente era denso y adverso, pero encontré, también, universitarios inquietos intelectualmente y abiertos a una comprensión dialogante y más amplia de la realidad: ni el odio y la lucha de clases, ni la violencia encontraban justificación alguna.

El marxismo ha sido la matriz teórica y práctica de las revoluciones socialistas del siglo XX. Allí están los experimentos de Lenin en Rusia y Mao en China, entre otros. Pero, tras el fracaso del socialismo real, después de la caída del Muro del Berlín en 1989, ya no queda asidero intelectual alguno para seguir pensando en revoluciones utópicas, cuyo saldo –además de la ruina económica- son millones de muertos y mordazas a la libertad. Aún duelen las heridas de la demencia senderista y no queremos una reedición de esa ideología que no sabe hablar, pues grita; no dialoga, impone sus ideas; no abre los brazos, tritura a sus enemigos. Olvida que vivir en democracia requiere de mucha paciencia; Sendero no sabe esperar, lo quiere todo ya y lo hace rompiendo vidrios y vidas humanas. No queremos puños, hacen falta más bien brazos abiertos dispuestos a estrechar las manos de los indigentes, pero sin tener que acudir al expediente de estrangular al que ha generado riqueza.

La democracia propicia el diálogo social y la discusión pública de los asuntos que afectan a todos los peruanos. El Estado de Derecho tiene, asimismo, los mecanismos que hacen posible la vida civilizada de la polis, evitando la violencia, el cinismo racionalista o el emotivismo salvaje: es una de las grandes conquistas del genio de Occidente, a pesar de las tantas sombras que acompañan su Historia. La ideología senderista rompe este gran pacto social de diálogo continuo. Sendero no cabe ni en la ciudad ni en el campo y menos en las aulas universitarias, lugar en donde se cultiva la excelencia intelectual y se aprende a tratar al prójimo considerándolo siempre como un fin en sí mismo y no como un simple medio o individuo de la especie.

¿Y qué hacemos con Marx? Él tiene un espacio en el pensamiento moderno y, desde luego, en la reflexión universitaria. Tiene el espacio que le corresponde a cualquier intelectual que ha pensado la sociedad en sus diversas facetas, ni más ni menos. La historia no le ha dado la razón y tampoco sus indagaciones alcanzan a tener la solidez científica que él reclamaba para su propuesta, pero eso es ya la discusión típica en cualquier clase de pensamiento político, de teoría económica o de filosofía moderna. En el campo de las ideas Marx no es un problema. El problema es el cóctel explosivo que Sendero hizo con él.

Piura, 17 de julio de 2010.

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