Desde mediados de mayo del año en curso el Cardenal Jaime Ortega,  arzobispo de La Habana empezó a dialogar con el gobierno de Raúl Castro. Uno de los puntos de este inusitado encuentro fue conversar sobre la situación del grupo de presos “que algunos llaman de conciencia y otros llaman políticos”. Para el gobierno de La Habana son simplemente contrarrevolucionarios, pagados por Estados Unidos para desestabilizar la Isla. Lo asombroso de todo este diálogo es que Cuba acaba de ofrecer la liberación de 52 de estos presos políticos en un plazo de cuatro meses. Hay una condición: deberán dejar el país. España está dispuesta a recibir a muchos de ellos con sus familias.

El cambio de actitud del gobierno comunista de La Habana es muy importante y en esto han contribuido, indudablemente, las protestas caseras de las Damas de Blanco –esposas de los encarcelados en  los tristemente célebres procesos de marzo de 2003-, la muerte del disidente Orlando Zapata tras una huelga de hambre, continuada por el psicólogo Guillermo Fariñas –recientemente levantada tras conocer el anuncio de la liberación de este grupo de presos-, la presión internacional proveniente de diversos foros y de intelectuales comprometidos con la defensa de los derechos humanos y los valores democráticos  y, por cierto, gracias a los buenos oficiosos de la Iglesia cubana que abre las puertas al diálogo, evitando los odios de antaño.

La Isla sigue siendo un lunar en el panorama político y económico de América Latina. La dictadura inaugurada por Fidel Castro y continuada por su hermano Raúl es, con creces, la más longeva del Continente. Y así como en muchos de los países de nuestra Región el futuro económico se augura muy positivo, no le sucede lo mismo a Cuba: la carestía de bienes de consumo y el bajo nivel de ingresos per cápita, apenas alcanza a ser paliado por los servicios asistenciales de educación y salud, a duras penas mantenido por el gobierno cubano. Si a esto le sumamos las sanciones económicas que tiene la Isla de parte de Estados Unidos y de muchos países de la Unión Europea, el futuro de la rancia Revolución cubana se torna precario.

Si hasta hace un par de años parecía imparable la expansión de los países del ALBA -encabezados por Cuba, Venezuela y coreado por Bolivia-, el panorama político de la Región que tenemos por delante tiene ahora otros aires: el reciente triunfo de Santos en Colombia fortalece más bien la ola liberal y democrática, nada propensa al colectivismo de la Isla. Venezuela, el socio principal de Cuba, tampoco está en su mejor momento, por más que Chávez continúe vociferando contra propios y extraños en su habitual y aburrido lenguaje antiimperialista. Ciertamente, discurso no les falta ni a Raúl Castro ni a Hugo Chávez, lo que les falta son divisas, porque, después de todo, del mismo cuero sale la correa y el petróleo ha resultado ser un caballo difícil de domar.

Sin duda lo que está pasando en Cuba es muy alentador. No se trata de una alianza entre la Iglesia Católica y el gobierno cubano. No puede serlo. Es un esfuerzo de la Iglesia por ayudar a bajar las tensiones y tender puentes que hagan posible el bien común de todos los cubanos. Queda mucho por hacer, pero el camino abierto podría ser preludio de mayores cambios que un día nos lleven a contar la historia de Cuba sin los velos y cortinas de humo propios de un gobierno autoritario que no soporta la luz y la transparencia del libre juego de las ideas. ¿Estaremos cerca del triunfo de la cultura de la libertad en la Isla?

Piura, 9 de julio de 2010.

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