Es muy conocido aquél refrán que nos previene del riesgo de quedar estancados mirando el árbol perdiendo la visión del bosque. La enseñanza es clara, quedarse en las particularidades, en las minucias, en lo accidental, nos puede hacer perder la visión de conjunto. Mal asunto, especialmente, cuando se tiene como encargo mirar el todo y no sólo una parte. Es el caso del jefe que tiene a su cargo personas y funciones o de la mamá y papá que han de educar a sus hijos y saben que el arte de educar es un  aflojar y ajustar, dejar pasar cosas y detenerse en otras. La idea es bien sencilla, no todo lo que nos pasa ni todo con lo que nos encontramos tiene la misma entidad: unas cosas son importantes y otras no.

Hay quien tiene la habilidad de fijarse en todo, más aún, le encanta el enfoque del “cero errores” en todo lo que hace o supervisa. Bien, si su trabajo consiste en certificar la calidad de procesos, pues le ahorrará a la empresa reclamos de usuarios insatisfechos. Pero que insoportable es la vida cuando se tiene a don fijón o a doña perfecta señalando con el dedo acusador las imperfecciones naturales que la vida de relación lleva consigo. A veces los años nos llenan de manías y no soportamos que las cosas se hagan de otra manera que no sea la nuestra. Probablemente, la nuestra sea una buena manera de funcionar, pero hay que saber vivir con los estilos y los modos de hacer y de ser de nuestro prójimo, ya en la casa o en el trabajo. No todo tiene que ser eficacia en la empresa o en el hogar, también la gente que está a nuestro alrededor se debe sentir a gusto y ¡hay tantas cosas en las que no vale pena detenerse!…, basta con dejarlas pasar.

Aquí tocamos el nervio del problema: qué dejamos pasar y qué no. La respuesta no está en los manuales de funcionamiento, está en la madurez de la persona. Para acertar hemos de echar mano de dos virtudes intelectuales, la prudencia y la sabiduría. El prudente evalúa, sopesa, ubica el problema sobre la marcha y decide para ese caso ajustar o aflojar la cuerda. El sabio mira los asuntos con los ojos puestos en el conjunto, sabe medir el peso de las acciones y situaciones, no se despeina ni se agita cuando ve que Juan ha dejado las luces de su oficina encendidas innecesariamente, pero entiende que algo anómalo está pasando en la empresa, cuando casi todos salen de sus oficinas sin apagar las luces al final de la jornada. Es sabiduría casera, al alcance de todos, no sólo de los grandes maestros de las artes marciales o de los monjes del Tíbet.

Hace falta mente abierta y corazón generoso para no quedarse enredado en la menudencia del día a día: una cosa es el mondonguito y otro el lomo fino. Quien no distingue lo importante de lo accesorio, se perderá en la casuística banal, y no será capaz de gobernar ni su casa ni su empresa. Pierde el norte, se vuelve cortoplacista y, ciertamente, se calentará por todo. Prudencia y sabiduría se dicen fácil, pero, ya entendemos que no son flor de un día. Son virtudes que como la esencia de café, se destilan gota a gota. Quizá a los mortales no nos sea concedida la plenitud de ambas virtudes, pero intentar ganar algunas gotas de ellas nos harán capaces de ver el bosque y no sólo el árbol.

Piura, 1 de mayo de 2010

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