No hace mucho estuve acompañando a un amigo, durante el velorio de su papá. Ambos nos poníamos a considerar que para alguien que no cree en Dios alguno e ignora que esta vida no termina, sólo se transforma; nada de lo que estábamos haciendo sus familiares y amigos tenía sentido alguno. Sólo el creyente le saca partido a los rezos, canciones piadosas y responsos. Los hijos y la viuda pueden encararse a Dios y preguntarle que les explique el sentido del dolor. Se pueden dirigir al difunto y hablar con él, ofrecer Misas en sufragio de su alma. Hay tantas cosas que hemos hecho juntos con nuestros seres queridos y hay tantas otras que han quedado pendientes para otro momento. La eternidad nos devolverá estos amores y más multiplicados por la medida del amor de Dios.

Estas expansiones del espíritu nos las podemos dar los creyentes y no hace falta estar en el balneario de moda durante los días de Semana Santa para llenar el alma de alegrías hondas, aquellas que la “vida loca” no puede dar, ¿no será que a base de darle todo a lo que el cuerpo pide nos hemos quedado inutilizados para saborear los goces del alma? Hemos perdido capacidad para convivir en silencio y con el silencio. Nos cuesta recogernos. Tenemos los sentidos desplegados las veinticuatro horas del día y cuando llegan los feriados largos muchas veces sólo atinamos a  llenar ese tiempo taponeando los sentidos: vídeos, comidas, sueños interminables y aburrimiento.

Cuando hay vida interior no hace falta buscar la diversión en los fuegos de artificio que el marketing moderno ofrece. Se puede hacer fiesta con dos soles, los justos para comprar un pequeño chocolate y alguna bebida. Lo demás lo pone el buen humor, la imaginación, el galanteo educado, el sentido de la medida y la cuota de sacrificio que ha de ponerse para que los amigos lo pasen bien. El que sólo piensa en divertirse a costa de los otros contertulios consigue aburrirse pronto y necesita mucho más de dos soles para pasarlo bien. Sigo pensando que esta es la asignatura pendiente que tenemos los mayores respecto a los más jóvenes: volver a recuperar el sentido de la fiesta que no es sinónimo de endeudarse gastando lo que se tiene y lo que no se tiene.

Quizá hemos de volver a descubrir los rostros del tiempo. Tiempo para caminar a lo largo de las playas maravillosas del norte o alrededor de los parques de nuestra ciudad, aprovechando el viento fresco de estas noches otoñales. Tiempo para cantar y escuchar música. Tiempo para conversar en la intimidad del hogar, en la oficina con el compañero o en el bar con los amigos. Tiempo para leer y disfrutar de una buena novela, de un ensayo sabroso. Lecturas que nos ayudan a entrever el drama de luces y sombras de la condición humana. Tiempo para jugar, reír, bailar, un, dos, tres, un, dos, tres…y decir desde el fondo del alma: qué bueno que tú existas. Tiempo para tomarse las cosas en serio y pechar con el propio dolor y el ajeno: risas y lágrimas van en pareja. Tiempo para rezar, en definitiva, poniendo en manos de Dios lo pequeño y lo grande, para que sea Él quien arrope  nuestros amores.

Piura, 2. IV. 10

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