España, Inglaterra, Italia, Alemania y Francia son las cinco grandes naciones que hicieron Europa como lo acaba de recordar en un enjundioso libro, el profesor Luis Suárez (“La Europa de las cinco naciones, Barcelona, 2008). Y es verdad, cada una de estas naciones está repleta de siglos de historia, de esa historia que forma parte de los textos que estudiamos cuando nos enfrentamos con la Historia Universal. Miro España y allí está el Museo del Prado en Madrid. Por sus paredes desfilan los cuadros de Velázquez, Goya, el Greco, Ticiano. En Segovia, el acueducto romano, el Alcázar, el Palacio de la Granja. Logroño tiene una ruta impresionante de monasterios y catedrales como la de Santo Domingo en donde, según la tradición, la gallina cantó después de ser asada. En Córdova falta tiempo para ver despacio la Mezquita, ahora catedral de la ciudad.

Europa, también, lo decía George Steiner, es el continente de los bares (“La idea de Europa”, Madrid, 2005). Y he reconocer que en España se puede disfrutar de este añejo rasgo cultural europeo. Faltan números para señalar la cantidad de bares, cafeterías, churrerías, restaurantes, pastelerías que uno se puede encontrar al caminar por las calles españolas. En Zaragoza, pese al frío de estos días, el bullir de gentes por las calles y los negocios de comidas y bebidas que encontraba en mi habitual camino hacia la Universidad, me resultaba un espectáculo fascinante. No son chinganas de mal vivir y peor comer. Son bares, pequeños las más de las veces, dispuestos con buen gusto, y una barra larga y generosa en donde se podía encontrar una docena  de tapas (bocaditos y platos tipo entrada), buena bebida (cerveza, gaseosas, café, vino). Un lugar de paso al mediodía y hacia el final de la tarde. Allí están las gentes del barrio, jóvenes y mayores, hombres y mujeres, oficinistas en la flor del éxito, catedráticos ilustres y ancianitas alzando una copa de vino junto con alguna pastilla propia de la edad.

España, como seguimos viendo por las noticias, sigue pasando un pésimo momento económico, pero la gente no deja de salir a las calles a caminarlas y a pasar un rato junto a una barra o a una mesa. Una caña (vaso) de cerveza, una porción de tortilla de papas o unas pocas rebanadas de jamón, voces a todo volumen del resto de los clientes y ya está hecho el momento. La conversación no puede tener mejor escenario. No son, habitualmente, reuniones eternas. Nadie se atiborra de comida o de bebida. Y de hecho, a diferencia de México y de Estados Unidos, no se ven  obesos entre los transeúntes. Lo ordinario es la medida y hay que decir que, aunque la cultura culinaria peruana es cosa seria, la carta española de comidas y pasteles es muy buena. Es decir, no se abusa del comer no por mala comida, sino por un sentido de la medida cultivado en siglos de Historia. La cultura española que ha dado origen a Las Meninas de Velázquez, Las Moradas de Santa Teresa de Jesús, la Catedral de la Sagrada Familia de Gaudí, es la misma que produce el jamón ibérico y el vino de La Rioja, por señalar dos productos bien conocidos.

En Piura tenemos una comida excelente. Las cevicherías son las reinas del mediodía. Ya vamos teniendo cafeterías de renombre. No podemos decir lo mismo de los bares que, al menor descuido, se convierten en cantinas que ocupan las páginas policiales de los diarios. Hay que seguir trabajando para tener una buena cultura culinaria. Después de todos, así como un buen libro nos puede hacer sabios; una buena comida y bebida, en el lugar, cantidad y momento adecuados, también.

Francisco Bobadilla Rodríguez
Piura, 26. II. 10

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