Durante estas semanas el frío en la zona de Aragón y La Rioja se ha lucido. Temperaturas alrededor del cero grado (0° C) ha sido lo ordinario. Pero he de reconocer que este ambiente frío hace resaltar, por contraste, la arquitectura y arte religioso medieval que se encuentra en éstas y otras regiones de España. Ser monje en el siglo XI en los monasterios de San Millán de la Cogolla, en medio de la campiña de La Rioja, sin la moderna calefacción que cualquier casa modesta tiene ahora, suponía mucha reciedumbre y una fe en Dios a prueba de nevadas. Cada piedra del  monasterio acumula siglos de fe y cultura. Escaleras gastadas que llevan a uno y otro extremo del claustro, transitadas por monjes que probablemente no eran del todo conscientes que entre sus paredes y códices salvaban del olvido y destrucción los tesoros de la cultura occidental tras la caída del Imperio Romano. Labor no sólo de conservación sino también de crecimiento como se puede notar en el monasterio de Yuso que alberga en su seno arte románico, gótico, renacentista, barroco.
      La España de ahora es un coctel de pueblos y culturas. Es la Iberia primitiva conquistada por los romanos (en Zaragoza están reconstruyendo un Coliseo Romano recientemente descubierto), germanizada por los visigodos, invadida durante ocho siglos por los árabes y recuperada en su unidad por los Reyes Católicos recién a finales del siglo XV. Es la España que ahora tiene más de cinco millones de inmigrantes, de los cuales la gran mayoría son ecuatorianos. Y quién lo iba a decir, en medio de este amasijo de culturas, en un Códice del escritorio de San Millán (Siglo X), escrito en latín con textos dirigidos a la formación de los monjes, hay una glosa (cometario al margen aclarando el texto latino), la número 89. Ya no es latín, es la lengua en la que se expresa el pueblo llano. Es el inicio de la lengua castellana, una huella escrita de las nuevas leguas romances.
     El texto en el castellano actual dice: “Con la ayuda de nuestro señor/ señor Cristo señor salvador/ Cual señor está en el honor/ y cual señor tiene el mandato/ con el Padre con el Espíritu Santo/ en los siglos de los siglos”. Estamos ante un texto religioso. Y si ya Zapatero les decía a los norteamericanos –en el reciente desayuno de oración al que fue invitado en Washington- que el castellano fue la lengua en la que se rezó por primera vez al Dios del Evangelio en el país del Norte, también hemos de reconocer que el primer documento de nuestra lengua es una oración. Y me lo creo; los monasterios y catedrales que he visitado no son sólo arquitectura religiosa, son más: son piedras, sillerías, alabastros, marfiles, plata, oro, retablos que hablan con Dios.
      Para muestra un botón: la Basílica de la Virgen del Pilar. La tradición dice que la Virgen María se apareció en carne mortal al desanimado Santiago Apóstol que no podía con los íberos. Se le plantó sobre una piedra, a orillas del río Ebro. Sobre esa piedra se edificó la ahora Basílica, sobre la que hay puesta un pequeña imagen de la Virgen, cuya reproducción circula por medio mundo. Llegar al Pilar en estos días de frío y viento intensos, para quienes somos del cálido norte peruano, tiene mucho de acto penitencial. Pero el asunto tiene su premio: el interior de la Basílica, la Capilla de la Virgen son una preciosura de arte barroco. El Santísimo está en varias capillas. Uno entiende inmediatamente que está en un lugar santo. Pero hay más. Se percibe que en ese  suelo ha pisado la Virgen María.

Zaragoza, 14 de febrero de 2010

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