No cabe duda de que los medios de comunicación constituyen uno de los pilares estructurales de la sociedad. Se les ha llamado el “cuarto poder” y, ciertamente,  se codean con el poder (Estado) y con el dinero (Mercado), de igual a igual. Relaciones peligrosas en ocasiones, sobre todo cuando los Medios pierden su rol y dejan de ser los mediadores del diálogo social, para convertirse en meros instrumentos de intereses menores. De entre ellos, la prensa escrita sigue siendo el referente por antonomasia cuando se piensa en el periodista y en la opinión pública. Hacer buen periodismo sigue siendo una tarea necesaria para la salud cívica de la ciudad en un escenario que se sabe globalizado y mundial.
Un periodismo que destilara sólo sangre y corrupción no haría honor al gremio. Sería un periodismo anclado en el pasado y éste en su versión sórdida. Puestos a poner las cosas  en vitrina, el buen periodismo las exhibe cuidando que la noticia se pueda ver en el máximo de dimensiones, sopesando los actos de todos los actores del suceso: es la mirada de la víctima, del victimario, del vecindario. En cada información –lo sabe muy bien el informador- se ponen en juego la buena fama y la mala fama de los involucrados. Basta un acento, una palabra deslizada maliciosamente, para cambiar el tono de la noticia. Ciertamente, el delincuente ya no estará tranquilo, pero cuando la imputación ha sido desproporcionada, ¿quién carga con el peso y con la intranquilidad que una noticia dada a la ligera ocasiona?
Albert Camus (1913-1960), premio Nobel de Literatura en 1957 fue, también, un magnífico escritor de crónicas y articulista de opinión. Sabía del oficio de escribir. Dijo: “la prensa no es más verdadera por ser revolucionaria. Sólo es revolucionaria cuando es verdadera”.  Es un buen consejo que conviene tener en cuenta para no caer en la tentación del escándalo. Y así como criticamos la “carrera armamentista” como una degeneración de una sana política defensiva, también hemos de estar atentos a no caer en la despiadada “carrera de las primicias”. Sí, busquemos buenos titulares para levantar la noticia, pero no al precio de sacrificar la verdad del hecho, y eso sucede cuando se resalta lo accesorio  o se imputa conductas reprobables donde no existen.
Es mucha la responsabilidad que tiene el periodista en sus manos. Y estamos hechos de la misma pasta que la  de nuestros conciudadanos: vulnerables, apasionados; pasamos de la risa al llanto; nos llenamos de orgullo con los logros de los nuestros; sentimos indignación ante las injusticias. Estamos en la pelea como cualquier otro con la particularidad –entre otras del oficio de informar- de que la actualidad nos pisa los talones. La noticia es “ahorita”, “ya”. Damos lo mejor que podemos, pero también es verdad  que no acabamos de dar cuenta de toda la realidad relatada, se nos escapan cosas. No es malicia, es la fragilidad del oficio, ya nos gustaría lograr dar la noticia en tiempo oportuno, redonda, con moraleja incluida. Así es la actualidad, pasa muy rápido y no siempre la mano logra escribir todo lo que los ojos han visto.
¿Mejores que los demás? No, claro que no. Pero, sí comprometidos con la verdad y  la virtud (si no fuera así, mejor es colgar la pluma). Después de todo –sigue diciendo Camus- “¿qué escritor osaría entonces, con buena conciencia, erigirse en predicador de la virtud?” Efectivamente, en el inicio del oficio de informar nada mejor que una sincera actitud de mesura y humildad: es garantía de buen periodismo y de largos años de vida honrosa.
Piura, 8. I. 10

Anuncios