Con el entusiasmo habitual que despiertan en mí los libros, asistí a la feria del libro Ricardo Palma en el Museo de la Nación la primera semana de diciembre. Nada del otro jueves, por cierto, pero me atrajo el reciente libro del mexicano Jorge Volpi, “El insomnio de Bolívar. Cuatro consideraciones intempestivas sobre América Latina en el siglo XXI” (Buenos Aires, 2009). Salvo el insomnio imaginario del Libertador, Bolívar es el gran ausente del libro, es tan sólo un pretexto para que el autor se despache impunemente sobre América Latina, esa gran desconocida para muchos, incluso para Volpi.
     Lo mejor del texto es el título, el contenido no agrega nada serio al debate sobre la identidad latinoamericana; está hecho a vuelo de pájaro rasante, no hay hondura  ni altura en el análisis. Con estilo desenfadado, el autor presenta lugares comunes y hace denuncias tipo reportaje de comisaría. La empresa de pensar América Latina le queda grande y sólo consigue dar unas pinceladas desarticuladas que apenas alcanzan a mostrar el complejo rompecabezas de nuestra América Latina. Su constitución profunda queda sin tocar.
     Pensar el propio país ya es una tarea titánica. Pocos lo han hecho con seriedad. Allí están los “Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana” de José Carlos Mariátegui o “Peruanidad” de Víctor Andrés Belaunde. Pensar América Latina es aún una mayor aventura intelectual. Víctor Raúl Haya de la Torre lo intentó y ha quedado en carboncillo los trazos de lo que llamó Indoamérica y poco más. Se echan en falta esos esfuerzos de síntesis que nos ayuden a ver la promesa de la vida peruana en diálogo con nuestros países vecinos. Quizá no es el momento de pensar toda América Latina y baste con focalizarnos –en un primer paso- en América del Sur con cuyos países nos une siglos de historia, una común visión cristiana de la vida y una cercanía territorial que hace posible el tráfico de mercancías y el intercambio de ideas.
     Una de las cosas que llama la atención en nuestra Región es la variedad de  gobernantes (un ex obispo en Paraguay y un ex tupamaru en Uruguay, por ejemplo) y de modelos políticos que cada país asume. No hay uniformidad de modelo y es de agradecer que sea así. Adelantarse y extender partidas de defunción a las ideologías políticas ha resultado ser un intento inútil: las ideologías han enterrado a sus sepultureros. Chile es un claro ejemplo de la fortaleza del modelo liberal de hacer política y economía: Piñera, candidato de la derecha, ganó ampliamente a sus contrincantes de izquierda. La segunda vuelta que se llevará a cabo hacia mediados de enero de 2010 puede darle como ganador. De un modo o de otro, el elector de la Región reclama inclusión social y mayores espacios de libertad. Chávez, por eso, no la tiene fácil en Venezuela. Su estilo autoritario y populista ha generado al interior de su país una oposición fuerte que tiene en los universitarios un bastión importante e irreductible al discurso chavista.
     Brasil será el catalizador de toda América del Sur y jugará un papel estelar, también, con el Perú: tenemos mucha frontera con este país amazónico y una cantidad ingente de recursos hídricos que puede cambiar el destino de nuestra selva. Bolivia es una gran incógnita: el arisco Evo Morales arrasó en las recientes elecciones políticas. Su modelo nacionalista de corte étnico cuenta, también, con una fuerte oposición en la medialuna boliviana, la zona más rica de este país del Altiplano. Por otro lado, las relaciones con nuestro vecino Ecuador se fortalecen crecientemente, a pesar de las diferencias ideológicas que nos separan del presidente Correa. En cualquier caso, el 2010 tiene más de  esperanzas que de lamentos y quiera Dios que cada uno en el nivel municipal, regional, nacional e internacional  sepa conjugar lo local y lo global para no pisarnos el poncho unos a otros: ser  ciudadano del mundo no está reñido con el amor al Perú y al sueño de una América unida.

Piura, 27. XII. 09

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