George Orwell (1903-1950), el gran novelista inglés, escribió dos novelas que son literatura obligada para curarse en salud de lo que es un estado totalitario, el Estado que lo controla todo, lo público y lo privado, aquél que domestica a los seres humanos y los convierte en individuos iguales, aburridos, grises, sin sangre en las venas, sin pensamiento propio. Una de la novelas es “Rebelión en la Granja” y la otra se llamó simplemente “Mil novecientos ochenta y cuatro” escrita en 1949. Han pasado 60 años desde su publicación y me parece que si George Orwell se levantara de su tumba y viera los ahora llamados reality shows se moriría de espanto.
Orwell describe una sociedad totalmente monitoreada por el Gran Hermano. La ciudad está llena de carteles con su imagen y sus ojos te siguen desde donde lo mires: el gran hermano te observa, estés donde estés. Las casas tienen una “telepantalla” que emite información oficial de adoctrinamiento y, por el mismo precio, te observa. El Ministerio de la verdad, el ministerio del amor, el ministerio de la abundancia saben lo que haces, lo que piensas. La diferencia, la pasión, los sentimientos, el amor, la verdad a secas, están prohibidos. La ciudad está inundada de espías y soplones. Más aún, son los mismos hijos quienes denuncian a sus padres. Como aquel que un día termina en prisión, pues en una noche, habló en sueños y  dijo “abajo el gran hermano”. Su hijita lo denunció. El castigo será, en unos casos, la “vaporización”; en otros, la reeducación como en los vergonzosos campos de concentración del que el siglo XX ha sido testigo.
Winston y Julia, personajes de la novela, se enamoran y buscan pasar ocultos a los ojos del gran hermano y de las telepantallas. Quieren privacidad, decir  y hacer cosas que sean sólo patrimonio de ambos y de nadie más. La novela, en este sentido, es un canto que valora la vida íntima y privada. Un alegato a favor de esos espacios privados en donde los seres humanos nos hacemos personas y crecemos hacia adentro, ganando en densidad de vida, en relaciones interpersonales. Espacios que cada cual defiende y comunica a poquitos alrededor de círculos concéntricos de intimidad y cercanía.
Orwell escribió su novela para desanimar cualquier intento de control estatista sobre la vida privada de los seres humanos. No pensó jamás que el siniestro personaje de la novela, el Gran Hermano podría ser el nombre de uno de los programas más famosos de la televisión emitido en Holanda por primera vez en 1999. Su formato es el reality show, un programa en donde los participantes pasan varias semanas viviendo en una casa y son filmados a tiempo real las 24 horas del día. Se ve y se oye todo. La telepantalla los filma a cada instante. Orwell pudo imaginar que el estado todopoderoso y totalitario obligase a sus ciudadanos a ser observados. Esto le parecía monstruoso. Pero que hubiera más de un entusiasta voluntario dispuesto -ya por afán exhibicionista, ya por ganarse unos buenos dólares- a ser filmado en sus movimientos y pensamientos a la vista y paciencia de una audiencia delirante, eso superó su imaginación.
No ha sido el estado totalitario comunista el que ha vencido a Orwell, ha sido nuestra sociedad de consumo occidental, hedonista y permisiva en muchos aspectos, la que ha instalado las telepantallas, en las casas. Y ahí están, ellos y ellas mostrándose en sus manías, meros objetos de una cámara, actuando ante la mirada idiotizante e idiotizada del gran hermano.     
Piura, 29. XI. 09

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