En la noche del 9 de noviembre de 1989, cuando las autoridades de Alemania del Este anunciaban la apertura de las fronteras para  transitar hacia el Occidente, cientos de berlinenses se abalanzaron a las calles con todo tipo de objetos contundentes: martillos, combas, palos, y de la noche a la mañana del día 10, el muro de Berlín caía al suelo hecho añicos. El muro se convirtió en escombros, de los cuales conservo en mi oficina un trocito pequeño que un amigo me trajo de Alemania, triste símbolo de doce años de dictadura nazi y cuarenta y cinco de dictadura comunista, ideologías que Juan Pablo II no dudó en llamarlas ideologías del mal.
 ¿Era previsible que el comunismo soviético y el de sus satélites acabara así, sin revoluciones sangrientas, sin tanques, sin ejecuciones, ni guerrillas? No, me parece que no, pero lo cierto es que así fue. Gorbachov, Bush papá y Kohl tuvieron que ver en este desenlance. Eran los líderes políticos más importantes de finales de los ochenta. Junto a ellos, y en cuerda separada,  el inolvidable Juan Pablo II con sus visitas a Polonia, alentando al pueblo polaco y al movimiento obrero organizado en el sindicato Solidaridad de Walesa. Y a esto habría que sumarle los planillones que nunca se firmaron con millones de gentes dentro y fuera del Este que con sus buenos deseos y oraciones esperaban el fin del régimen opresor.
Ciertamente, no todo ha sido felicidad. Al poco de caer el muro, los países del Este se lanzaron a estrenar el modelo liberal de mercado y política. E incluso, Francis FuKuyama, politólogo estadounidense, anunciaba el fin de la historia, es decir, el futuro sería en adelante liberalismo y más liberalismo hasta el cansancio. Han pasado veinte años y en este poscomunismo ha habido de todo: desde el entusiasmo inicial del que prueba el efecto embriagante de la libertad hasta la decepción de quien se da cuenta que no basta con que caigan las barreras para que llegue prosperidad y sosiego a la sociedad.
Vaclav Havel -ex presidente de la República Checa, poeta, intelectual, disidente de todo sistema político- afirma en una reciente entrevista hecha por Monika Zgustova que el futuro de los ex países del Este aún está por llegar: es tarea de las nuevas generaciones, más serenas y lúcidas que las actuales que tuvieron soportar los excesos ideológicos del régimen comunista. Lo que hay ahora, sigue diciendo Havel, es un “capitalismo mafioso” cuya titularidad recae en la antigua nomenclatura política y reina en la sociedad una apatía generalizada que no duda en llamar “depresión poscomunista”, aquella del prisionero en libertad: “Cuando un preso, acostumbrado a vivir durante años en una estrecha celda sale de la cárcel y experimenta todo lo que de insólito tiene la libertad, cree que todo le está permitido, pero sufre bajo el peso de las decisiones que hay que tomar continuamente, mientras antes eran el Estado y el Partido quienes decidían”.
Ha caído el muro de Berlín, pero ha quedado todavía mucha mentalidad colectivista propia del que lo espera todo del Estado, del que necesita que alguien le diga qué hacer, cuánto  producir, qué fabricar. El colectivismo no tiene más horizontes, pero asegura que al llegar  la noche se encuentre algo de comer en la mesa, sin riesgos ni angustias. El pasivo que ambas dictaduras han dejado es muy hondo: escasa cultura económica y un pobre espíritu emprendedor. Quizá esto explica, afirma Joachim Gauck, el aumento de los votantes por el ex partido comunista alemán en las últimas elecciones del pasado 27 de septiembre en Alemania: es la nostalgia del que aún no se ha reconciliado con el peso de la libertad. Queda por delante el largo camino del empoderamiento del ciudadano, el paso de una sociedad de consumo a una sociedad de ciudadanos.

Piura, 7 de noviembre de 2009.

 

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