Tony Blair, al poco tiempo de dejar el cargo de Primer Ministro de Inglaterra, se convirtió al catolicismo en el 2007. Lo cuenta en una reciente entrevista de L´Osservatore Romano: “Mi viaje espiritual se inició cuando comencé a ir a Misa con mi mujer. Luego, cuando bautizamos a nuestros hijos en la fe católica. Un camino de más de veinticinco años. Al mismo tiempo, emotiva, intelectual y racionalmente me ha parecido que la casa católica era la justa para mí”.
Y más recientemente, la prensa nacional y extranjera anuncian que el Vaticano prepara un plan para recibir a los anglicanos que desean ser católicos. Se habla de unos treinta a cincuenta obispos y un centenar de parroquias. La noticia hace notar, asimismo, que en los últimos años la iglesia anglicana ha vivido momentos de crisis y tensiones internas debido a la ordenación de mujeres, los cambios en la enseñanza bíblica sobre la sexualidad, la ordenación de clérigos abiertamente homosexuales y la bendición de las uniones entre personas del mismo sexo.
Llama la atención que en una época como la nuestra tan dada a la comida  baja en calorías, así como a las lecturas ligeras del tipo Código Da Vinci -que convierte  las creencias religiosas en un producto comercial cargado de morbo y diversión-, haya personas que se tomen en serio la religión y miren, precisamente, al Catolicismo. Una religión, una casa que acoge a toda persona de buena voluntad en cuyas biografías caben las páginas de gloria como las de ignominia. Es la religión de santos, mártires, soldados desconocidos, hombres y mujeres de a pie con las alegrías y angustias de su tiempo apoyados en la firmeza doctrinal y en el calor paterno de Pedro.
¿Hace falta toda una conversión para creer en Dios?  De otro lado, ¿para creer en Dios hay que hacer todo ese recorrido que supone pasarse de la Iglesia Anglicana a la Iglesia Católica? Desde luego aquí hay mucho  más que un incoloro “creo en Dios”. Convertirse rebasa con creces a una simple manifestación de  teísmo. Es encontrarse con la verdad que ilumina la total existencia humana. Es verdadera nostalgia del Dios encarnado que ha dejado a su Iglesia en el mundo y en ella se queda en los Sacramentos: es carisma e institución, palabra de Dios y liturgia, oración íntima y culto público, adoración al Santísimo y peregrinaciones populares. Nos quedaríamos cortos si pensáramos que la vida de Fe se reduce al simple “yo me comunico con Dios directamente” o al “creo en Jesucristo, pero no en su Iglesia”. Una creencia así de débil no mueve ni las hojitas caídas de algarrobo y mucho menos montañas.
La fe del converso, por el contrario, muerde carne y para comprobarlo basta mirar a esos otros célebres conversos ingleses del siglo XX: Robert Benson, K. G. Chesterton, Ronald Knox, Edith Sitwell, J.R. R. Tolkien, Roy Campbell, Dorothy Sayers, Evelyn Waugh,  Malcolm Muggeridge, Christopher Dawson y muchos más que escribieron con su vida -no exenta de sombras- y sus plumas unas páginas imperecederas de buena literatura, en la que se refleja el drama humano que enfrenta a la incredulidad desde la fe.
Permanecer en activo en la fe en que hemos sido bautizados es un milagro. Otro milagro, igualmente portentoso, es regresar a la Fe  de Pedro sobre quien se ha edificado la Iglesia. Entre tantos milagros ya se ve que anunciar la muerte de Dios o su eclipse en el horizonte de lo humano, es insensato.

Piura, 21. X. 09

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