Desde mi época de colegial tuve en mi papá un buen ejemplo de lector. Él mismo tuvo una buena biblioteca jurídica, con los libros clásicos del derecho procesal de los años 50 del siglo pasado. Era amante de los libros sustanciosos y entre ellos estaba el pequeño libro de Carnelutti,  “Como nace el derecho”. Desde entonces se me dio por buscar esos buenos libros que me ayudaran a entender el sentido de la vida. Y un día, cuando empezaba mis estudios universitarios, me encontré con “Camino”, un pequeño libro escrito por San Josemaría Escrivá en setiembre de 1939, en el que fui encontrando respuestas a los afanes diarios de mi andar, algunas veces brilloso y otras más bien prosaico.

“Camino” es un libro de cabecera al que se vuelve con gusto en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad, pues sus reflexiones se mueven en esos asuntos en los que los seres humanos nos tomamos en serio la vida. Ahí están sus 999 puntos listos para ayudar a cualquier mortal que esté dispuesto  a sentar cabeza. Son confidencias de un hombre enamorado de Dios, San Josemaría, que se dirigen al corazón y cabeza de sus lectores a fin ayudarlos a ser personas de criterio, juiciosas, para que un día descubran que la mayor dignidad del hombre y de la mujer es ser hijos de Dios.

Me ha resultado evocador, asimismo, la feliz metáfora que utilizara el P. José Luis Soria, en  las recientes Jornadas celebradas en la Universidad de Piura a propósito de los 70 años de “Camino”. Decía que en una ópera importan la letra y la música y es así como se comprende mejor el espíritu fundacional de San Josemaría. La música es el buen humor, la alegría que reviste su mensaje, de tal manera que el camino de santidad se hace amable: un santo triste es un triste santo decía el Fundador del Opus Dei.  Pienso que lo mismo se puede decir de los puntos de “Camino”,  son pequeñas canciones de buena letra y mejor melodía, unas veces arropan, otras  guapean; siempre son  alicientes que llevan a mirar alto, en vuelo de águila y no de ave de corral.

Al cabo de los años, sigo recomendando entre amigos y conocidos la meditación de “Camino”. Y por esas cosas de la vida, cuando las aguas se  agitan, sigo sacando mucho provecho de su lectura, como la de aquel capítulo titulado “Tribulaciones”: “Estás intranquilo. -Mira: pase lo que pase en tu vida interior o en el mundo que te rodea nunca olvides que la importancia de los sucesos o de las personas es muy relativa. –Calma, deja que corra el tiempo; y, después, viendo de lejos y sin pasión los acontecimientos y las gentes adquirirás la perspectiva, pondrás cada cosa en su lugar y con su verdadero tamaño. –Si obras de este modo serás más justo y te ahorrarás muchas preocupaciones” (n° 702). Es sabiduría humana y sobrenatural, consejo que se ancla en el hondo del alma.

“Camino” es, sin duda, un clásico de la espiritualidad, a la medida del corazón humano y suena con la música de nuestro tiempo. “Aletea en sus páginas –se lee en la Introducción de la edición de 1939- el espíritu de Dios (…) Las frases quedan entrecortadas para que tú las completes con tu conducta”.

Piura, 29. IX. 09

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