He ojeado los resultados de la última encuesta realizada por la PUCP en Lima sobre la honestidad del peruano y no queda títere con cabeza. El 59% considera que el peruano es poco honesto. El Congreso va a la cabeza de las instituciones muy corruptas con el 78%, seguida por el Poder Judicial y el Ministerio Público (76%) y los partidos políticos (75%). Los medios de comunicación y la empresa privada son los mejores parados con sólo 41% y 47%, respectivamente, de desaprobación. Asimismo, apenas hay un 7% que piensa que los casos de corrupción  se dan con más frecuencia entre los  empresarios, a diferencia de un rotundo 58% que considera que los grandes negociados se cocinan entre los políticos.

Como se ve, los resultados no son nada tranquilizadores. Y como a grandes males se tienen que dar grandes remedios, los encuestados opinan que la corrupción la venceremos con un Poder Judicial efectivo (28%), una buena educación en valores en la familia y las escuelas (27%) y un sistema de penas y reparaciones muy severas (21%). Coincido con los remedios y ya habrá oportunidad para hablar de ellos. De momento estos datos me han llevado a recordar aquel arrebato de los universitarios franceses en mayo de 1968 que ante una cierta sociedad tranquila y, en algunos aspectos, cómplice de inmovilismos injustos, gritó a voz en cuello “cambiemos la vida”, “transformemos la sociedad”. Es verdad que los ideales de mayo del 68 les quedaron grandes a sus propulsores, pero me parece que nos hace falta un poco de esa ilusión que no se da por vencida a pesar de la brutalidad de los hechos.

El culpable de la corrupción institucional que vemos a nuestro alrededor no es el “gran bonetón”.  Por tanto, no se trata de echar la culpa a los otros, señalando con el dedo acusador a los corruptos como si estuviéramos por encima del mal. Un poco de moderación nos vendría bien a todos, dado que algo de esa culpa carga sobre nosotros cuando consentimos en aquellas faltas habituales de probidad (saltarse la cola, mentir, no cumplir con la palabra dada, pasarse la luz roja, no respetar al peatón)  -“criolladas” las llamamos- que sumadas un día y otro, configuran el mal modo de ser de algunos futuros políticos, jueces, empresarios, comunicadores, policías, militares, regidores, etc. Faltas menores en las que participamos, pero que deberíamos evitar.

Con los años, es cierto, no sólo ganamos experiencia a secas, también puede haber decepciones y desengaños. Comprendo  que para más de uno el asunto de la corrupción no tenga arreglo. Sobre todo para quienes piensen que para ir por la vida no hay más remedio que ceder a las estructuras de injusticia que otros han fabricado. Con una actitud así, no hay remedio que sirva. La desesperanza aplasta. Pienso, por eso, que la gran marcha por la honestidad que  el Perú necesita es tarea de jóvenes y de espíritus jóvenes, pues sin ilusión y coraje, difícilmente se pueden remontar las malas prácticas éticas que envilecen el país. No hay que rendirse y unos y otros hemos de animarnos a seguir haciendo el bien que esté en nuestras manos. La integridad es tarea de largo plazo. No hay ungüento milagroso que la consiga de la noche a la mañana, pero no me cabe duda de que la batalla por la honestidad no es una batalla perdida; hay que darla día a día, hoy y ahora.

Piura, 8. IX. 09

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