En diciembre del 2008, la Universidad Católica (PUCP) otorgó el doctorado honoris causa a Mario Vargas Llosa, quien pronunció un breve y jugoso discurso que acaba de aparecer publicado con el sugestivo título que encabeza este artículo. En el texto vuelven a aparecer provocativamente el difícil diálogo entre utopía y realidad, literatura y política, campos todos ellos que han sido objeto de la atención del autor en muchos  momentos de su trayectoria intelectual. En la primera parte de su discurso hace alusión a esas imágenes idílicas de algunos cronistas de la Colonia que nos hablan del buen salvaje que habita en las zonas andinas o selváticas de la geografía americana. Una mezcla de ficción e irrealidad que, en la medida en que sea sólo ejercicio de la imaginación, no hace daño a nadie; pero cuando esa ficción pretende ser lectura fiel de la realidad, puede ocasionar  –dice Vargas Llosa- consecuencias trágicas para la humanidad.
Se han dado muchos intentos de encarnar la ficción para el “otro”. Como muestra están León Pinedo en el siglo XVII; Günther Grass, Ignacio Ramonent y Régis Debray en el siglo XX. La lectura política que estos últimos han hecho es de mala factura pues han entendido América Latina como una realidad ficticia “en la que han volcado sus utopías fallidas y con la que se resarcen de sus decepciones”. La realidad histórica y social de nuestros pueblos no comparece en su complejidad ante la sola mirada artística y menos si esta se tiñe de mitología y utopismo. Hace falta un esfuerzo racional para asomarnos a aquella realidad que “yace debajo de la fosforescencia de imágenes con que la ideología, la religión y la literatura han revestido a América Latina”.
Vargas Llosa se aleja de las visones esquizofrénicas y racistas que cada cierto tiempo pululan en la Región.  De ahí que sostenga que “la riqueza de América Latina está en ser muchas cosas a la vez, tantas que hacen de ella un microcosmos en el que cohabitan casi todas las razas y culturas del mundo” con un troco común que nos liga a Occidente, aunque con una personalidad diferenciada. Ni los nacionalismos étnicos ni la restauración de culturas ancestrales hacen justicia al real mestizaje que recorre transversalmente a América Latina.
“Que la utopía se confine en nuestra literatura y nuestras artes o en nuestras vidas privadas es siempre estimulante y provechosa –afirma Vargas Llosa- La vocación utópica ha impregnado el arte americano y ha hecho de él un arte ambicioso, audaz, libre y sin orejeras, que ha dejado una huella en la cultura de nuestro tiempo. Pero no debe salir de ese ámbito y precipitarse en lo político y social donde sólo la visión realista, el pragmatismo de lo posible en un marco de coexistencia, legalidad y libertad, trae progreso y prosperidad”.
El texto del discurso es una buena muestra del talante intelectual de Vargas Llosa. Un liberal por convicción que no hace concesiones a los delirantes vientos colectivistas que se empeñan en crear paraísos despóticos, de espaldas a la realidad. Este es su testimonio y se lo agradecemos. Es un ciudadano del mundo, vacunado contra todo espíritu tribal, pero echo en falta una mayor atención a los vínculos de pertenencia. Allí donde se reposa después de un arduo día de trabajo, allí a donde se llega después de un largo viaje. El lugar que se añora cuando se está fuera de la patria.

Piura, 26. VIII. 09

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