Vuelvo a traer a colación al recientemente fallecido Ralf Dahrendorf quien, en un pequeño libro publicado por el Fondo de Cultura Económica, “Después de la Democracia” (2003), hace una distinción pertinente entre democracia y Estado de Derecho. Dice: “no puedo aceptar, en ningún caso, que el líder elegido por el voto pueda considerarse por encima de la ley. Desde luego, no lo aceptaríamos si, en una hipótesis extrema, nos dijera: “Bueno, ahora que ustedes me eligieron, yo interpreto su voluntad en el sentido de abolir las elecciones” (…) Nadie está por encima de la ley. Esa es el causa de que, cuando más se sale de sus cauces la Democracia, más importante se vuelve la defensa del Estado de derecho”. Me parece que la agudeza de Dahrendorf nos puede ayudar a entender lo que está pasando en Venezuela y Honduras.
El alcalde de Caracas  reclama ante la OEA el respeto del Estado de derecho en Venezuela, dado que Chávez recortó arbitrariamente las funciones del gobierno municipal. Globovisión y una treintena de radios venezolanas reclaman el respeto de la libertad de expresión ante los hechos consumados del cese de licencias de funcionamiento, a lo cual se ha sumado un proyecto de ley orientado a crear delitos mediáticos. ¿Chávez está sólo en su frenético afán de copar todo el poder para su autodenominado socialismo bolivariano? No, no está solo. Tiene muchos seguidores, los que lo llevaron al poder por elecciones democráticas. Chávez quiere cambiar las reglas de juego y lo hace poniéndose por encima de la ley, desgarrando alegremente el Estado de derecho y dejando de oír esas otras voces –muchísimas, también- opositoras a su régimen.
En Honduras se han mezclado el hambre y las ganas de comer. Me explico. Zelaya fue elegido democráticamente  en su país. En el último año de su gobierno, Zelaya cree interpretar la voluntad de sus electores, se olvida de sus connacionales que se oponen a su propuesta política asociada al ALBA y arremete contra el Estado de derecho. La impaciencia le puede y viola las normas constitucionales haciendo caso omiso a los poderes del Estado (Jurado de Elecciones, Corte de Justicia, Parlamento); quiere la reelección a toda costa. La respuesta de los otros poderes del Estado y de gran parte de la población está también sesgada por la impaciencia y lo que podría haber sido un cambio adelantado, pero democrático, del poder, acaba en un caso atípico de golpe de Estado. Comprendemos la impaciencia de unos y otros, pero no es, ciertamente, una buena consejera.
¿Es un hecho inadmisible lo que ha pasado en  Honduras? ¿Todo ha de volver a  fojas cero  y que Zelaya vuelva para que continúe con sus propósitos albistas? He leído las mesuradas opiniones de Mario Vargas Llosa y Jorge Edwards. El mismo Insulza se ha moderado bastante. El presidente Arias de Costa Rica sigue en su trabajo de filigrana política tratando de buscar una salida consensuada a la crisis de Honduras. Aún queda mucha lana por hilar y me da la impresión de que el esfuerzo de todos ha de ir encaminado a trenzar política, derecho y sentido común.  Quizá sea la política la que debe volver a componer las cosas para restañar las heridas del Estado de derecho recordándoles a todos, Chávez, Zelaya, Micheletti que ninguno de ellos está por encima de ley. Democracia y Estado de derecho tienen que aprender a convivir.

Chosica, 7. VIII. 09

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