Pero cuando peor soy, más necesito a Dios.
 No puedo estar fuera del alcance de su misericordia

Mi encuentro con Evelyn Waugh es reciente. Me interesé en sus novelas a raíz de la lectura del libro Escritores  conversos de Joseph Pearce (2006). En sus páginas desfilaban, en peregrinaje intelectual y vital, una serie de escritores ingleses de primera nota: Gilbert Chesterton, Hilaire Belloc, C. S. Lewis, Christopher Dawson, Dorothy Say, Edith Sitwell, Evelyn Waugh, T. S. Eliot, Graham Green, Malcolm Muggeridge, Ronald Knox. A varios de ellos ya los conocía por sus novelas o ensayos y me animé a seguir buscando los libros de quienes no había leído nada, entre ellos, de Evelyn Waugh. Me interesó el autor por su trayectoria vital. Sus años de juventud tienen mucho parecido a los de nuestro Abraham Valdelomar: un dandy inglés a todo dar en cuya vida hubo “pereza, disolución y derroche”, a decir del mismo autor. Después de muchas vueltas por la vida, se convierte al Catolicismo. Fue un hombre de una personalidad muy marcada, exquisito, a veces extravagante; un enamorado de la liturgia católica en sus textos en latín.

Su libro más conocido –y ciertamente el más célebre- es Retorno a Brideshead escrito en 1945. La novela se ubica en el período de entre guerras alrededor de una familia aristocrática inglesa católica y su magnífica casa de campo. Componen el grupo familiar la mamá, Lady Marchmain; el hijo mayor, Bridey y los hermanos Sebastian, Julia y Cordelia. El papá, Lord Marchmain, abandonó la familia y se instaló en Venecia con su amante. El hilo conductor de la trama corre a cargo de Charles Ryder, estudiante de Historia en Oxford y, luego, famoso pintor arquitectónico quien traba una entrañable amistad con Sebastian.

Las veladas en Brideshead transcurren en un ambiente templado y sereno. Lady Marchmain es una mujer educada, prudente; de gustos finos, pero sobrios; con una piedad religiosa honda que ha transmitido, en gran parte a sus hijos. Cordelia, la menor y apenas una adolescente es de una jovialidad chispeante. La más cuerda de todos. Sus intervenciones le dan un aire fresco y transparente a la novela. Julia es aguda, llena de vitalidad, muy libre en sus decisiones. Ha sido formada en la tradición católica, pero no destaca por su práctica. Sebastian, niño siempre, listo para el juego y la bebida. Huye de su familia buscando su lugar en el mundo. Al cabo de los años sabemos que está en Marruecos, acogido por unos monjes que lo cuidan y que dan testimonio de lo admirable de su vida en sus últimos años.

La vida de Julia es dramática. Su figura, gestos y palabra hacen de ella una mujer atractiva. Su magnetismo es medido; su compostura, elegante. Se nota en ella una continua lucha por ser auténtica, tratando de conciliar pensamiento y vida. La fuerza vital le puede y en contra de su formación católica se casa con Rex Monttram, divorciado. El matrimonio no prospera y así está hasta que 10 años después se encuentra con Charles, ambos bordeando los 30 años. El encuentro se convierte en romance y el romance en pasión. Ella quiere casarse con Charles y cada uno empieza los trámites para sus respectivos divorcios. Los matrimonios se disuelven, pero no hay un nuevo casamiento entre los amantes. Julia decide poner fin a la relación. El diálogo final es estremecedor y profundo a la vez:
Julia dijo:
Aquí, en la sombra, en un rincón bajo las escaleras, un minuto para decirnos adiós.
Tanto tiempo para decir tan poco…
¿Lo sabías?
Desde esta mañana; desde antes de esta mañana. Durante todo este año.
Yo no lo supe hasta hoy. Amor mío, si fueras capaz de entenderlo… Entonces soportaría nuestra separación, o la soportaría mejor. Debería decir que se me esta destrozando el corazón, si creyera en los corazones rotos. No puedo casarme contigo, Charles. No puedo estar contigo nunca más.
Lo sé.
¿Cómo es posible que lo sepas?
¿Qué harás?
Seguir sola, simplemente. ¿Cómo puedo saber lo que voy a hacer? Tú me conoces totalmente. Sabes que no estoy hecha para una vida de luto. Siempre he sido mala. Es probable que vuelva a ser mala, y volveré a ser castigada. Pero cuando peor soy, más necesito a Dios. No puedo estar fuera del alcance de su misericordia. Eso es lo que significaría empezar una vida contigo; sin El (…)
Ahora los dos estaremos solos, y no tendré ninguna posibilidad de hacértelo comprender.
No quiero hacerte las cosas fáciles. Espero que se te destroce el corazón; pero lo entiendo, sí, lo entiendo.
Y efectivamente, Charles, agnóstico al inicio, entiende la decisión de Julia y probablemente recuerda en ese momento, aquella noche en Brideshead, hace 10 años, cuando lady Marchmain leía para sus invitados las aventuras del Padre Brown, una conocida novela policíaca de Chesterton. En ella el P. Brown decía: “le cogí (al ladrón) con un anzuelo y una caña invisibles, lo bastante largos como para dejarle caminar hasta el fin del mundo y hacerle regresar con un tirón del hilo”.

Pasados unos años más, Charles se enrola en el ejército inglés durante la Segunda Guerra Mundial y es destinado, precisamente, a Brideshead. Ni bien llegar se dirige inmediatamente a la pequeña Capilla de la casa que no ofrecía muestras de su largo abandono; las pinturas modernistas estaban tan frescas y brillantes como siempre. Rezó una oración, una fórmula de palabras antiguas, recién aprendida, y salió para dirigirse al campamento. Por el camino, y mientras oía sonar el toque de fajina, pensó:
“Ha surgido algo totalmente ajeno al proyecto inicial de los arquitectos y a la pequeña y violenta tragedia humana en la que yo desempeñé un papel; algo que ninguno de nosotros pensaba entonces. Una llamita rojiza… Una lámpara de cobre batido, de diseño deplorable, encendida de nuevo ante las puertas de cobre de un sagrario…, la llama que los antiguos caballeros vieron desde sus tumbas, y que vieron apagar; esa llama vuelve a encenderse para otros soldados, lejos del hogar, más lejos en su corazón que Acre o Jerusalén. No habría sido posible encenderla si no fuera por los arquitectos y los actores de la tragedia, y aquí la encuentro esta mañana, de nuevo prendida entre las viejas piedras”.

La BBC de Londres hizo, en 1981, una espléndida adaptación de la novela para la televisión en once capítulos. Para el cine que vemos ahora, la acción quizá transcurra lenta, pero la recreación es magistral. He visto la serie en este verano y he gozado contemplando  como tomaba color y vida la casona de Brideshead, dejando ver de tramo en tramo la acción de la gracia divina en la vida sus personajes, como fue el propósito de Evelyn Waugh  para su novela.

El año pasado apareció una nueva versión de Retorno a Brideshead para el cine dirigida por Julian Jarrold. Emma Thompson  tiene el papel de Lady Marchmain. Los demás papeles protagonistas los interpretan actores menos conocidos. El guión está bastante alterado respecto al tenor de la novela que ha quedado reducida a una “love story” entre Julia y Charles. La ambientación de la época está lograda, pero los personajes han quedado vaciados de contenido. Ya no es una familia encantadora la que habita en Brideshead. Sebastian, Julia y Lady Marchmain tienen puesto una especie de freno de mano que los llena de un enfermizo sentido de culpa. Han dejado de ser una familia católica con sus más y sus menos, para quedar reducidos a una serie de personajes encogidos más cerca de Calvino que de San Martín de Porras. Quizá esto explica, en parte, la poca acogida que ha tenido la película, desprovista de nervio y gracia.

Me quedo, pues, con la novela y su versión televisiva de la BBC de Londres de 1981, en la que puede apreciarse la madurez que Charles va adquiriendo a trompicones a lo largo de su vida. Su trato con la familia Marchmain, nada ejemplar en muchos aspectos, le abre el camino a la fe. Encuentra el amor en sus diferentes rostros: la amistad con Sebastian, los éxitos de su trabajo como pintor,  el amor a Julia y finalmente el claro oscuro de la fe en Dios.

Piura, 26. VI. 09

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