Los lamentables acontecimientos acaecidos en los últimos días en la zona de Bagua que ha enfrentado a peruanos con peruanos nos han tenido en vilo a todos. Huelgas, tomas de carreteras, desabastecimiento de alimentos, enfrentamientos con la Policía Nacional, muertes que aun son lloradas por sus deudos. El móvil, dos Decretos Legislativos el 1090 y el 1064, que los nativos de la Amazonía consideran lesivos a sus costumbres y modos de vida. Pasada la tormenta, ambas disposiciones legales han sido suspendidas indefinidamente y se abre una nueva etapa de diálogo para intentar conciliar el gran tema de fondo: lo local y lo nacional; la diversidad cultural y la síntesis viviente del país.
Ni bien ocurrieron los hechos de sangre, ubiqué a uno de mis alumnos en la Universidad de Piura, Oliverio. Él junto a otros cuatro chicos aguarunas estudian en la Universidad. Estaba enterado de lo sucedido. No sabía si su papá y uno de sus hermanos seguían vivos. Como en tantas otras veces que hemos conversado, en esta oportunidad Oliverio mantenía la calma y serenidad que lo caracterizan y así ha continuado en todos estos días. Se sabe aguaruna y peruano. Habla el español como segunda lengua y le va muy bien en el curso de inglés que lleva en el Centro de Idiomas. Su pueblo se llama San Antonio y queda a orillas del río Cenepa, afluente del Marañón. De Piura hasta su pueblo de 40 familias son dos días de viaje (Piura, Chiclayo, Jaén, Bagua y 6 horas navegando el río Marañón y el  Cenepa). Su hermano mayor es ingeniero agrónomo y otro de sus hermanos es técnico agrario, ambos trabajan en Iquitos.
¿Qué ha pasado, Oliverio, le pregunté? ¿Por qué esta rebelión? Él tampoco sabe por qué se llegó a las armas. Sí sabe que lo que su pueblo quiere es que no contaminen las aguas de sus ríos, que los dejen cultivar sus tierras a su modo: talan y ganan terreno, pero también siembran árboles. No se oponen al Perú ni a la inversión. Él mismo tiene un sueño: terminar su carrera de Administración de Empresas y regresar a su pueblo para poner un Mercado en donde se pueda vender lo que su gente cultiva: cacao, yuca, plátano, maíz, maní,… Ahora mismo su economía es de subsistencia. Nada de lo que siembran y crían se vende. Todo es para consumo, pues llevar sus productos a las zonas más cercanas es dificilísimo y caro. Sólo hay río y poca capacidad de navegación para llevar cantidades rentables.
La agenda política de estos días va por otros cauces y los partidos políticos llevan el agua a su molino. Demasiada alharaca y encendidos tonos de voz innecesarios en mi opinión. Por donde se toque hay dolor.  La lección de estos tensos días es un llamado para entrar en serio por los caminos de la democracia deliberativa: el poder tiene que dialogar (ijunjamu senchiji chichamainai). La deliberación ha de ser larga, amplia, inclusiva y las tribus indígenas son las primeras interesadas. Existe en nuestro país una real diversidad (kuashat) cultural, pero ésta no tiene por qué ser irreductible a la gran síntesis viviente del Perú. El reto presente no es un enfrentamiento entre lo local y lo nacional que llevaría a una fragmentación del país. Una vez más, como en tantas otras pruebas por la que ha pasado nuestro Perú, los peruanos tenemos la gran oportunidad de crecernos ante la adversidad y acoger la riqueza de la diversidad de  sangres que surcan la peruanidad.

Piura, 13. VI. 09

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