En un tiempo como los nuestros en los que vuelven a surgir nacionalismos estrechos de miras, es de agradecer la aparición del libro de Julien Benda (1867-1956), La traición de los intelectuales (Barcelona; 2008), escrito en 1927 y reeditado con un largo Prefacio en 1946. Un libro indispensable para entender el siglo XX y, ¡quién lo diría!, para entender nuestro siglo XXI. Julien Benda observa el crecimiento de las dos pasiones que removieron la Europa de la primera mitad del siglo XX: la pasión de clase y la pasión nacional, ambas excluyentes, negadoras de la condición humana en su universalidad, incapaces de aunar sino al precio de disolver o desaparecer  lo que se les oponía. Pero lo que le preocupaba a Benda no era sólo los aires de época, sino que muchos intelectuales de su tiempo, antes severos críticos de todo devaneo político, no sólo no se opusieran, sino que alentaran y alabaran estos desvaríos, traicionando a su oficio de ser la reserva crítica de la sociedad.
Benda vuelve a poner en su sitio los valores del oficio intelectual: justicia, verdad y razón. Todos ellos con vocación de duración y permanencia; desinteresados y generadores de una escuela de eternidad. ¿Y quién es un intelectual? El listón es alto y la lista es larga:  Platón, San Agustín, Dante, Erasmo, Galileo, Descartes, Malebranche, Leibinz, Montaigne, Pascal, Spinoza, Kant, La Bruyere, Montesquieu, Voltaire, Spinoza, Schiller, Goethe, Renan… Todos ellos, aun cuando defendiesen posiciones distintas, intentaron llevar a su nivel más noble  el ejercicio de la inteligencia porque no renunciaron a encontrar lo sustancial y perenne en medio de las cambiantes circunstancias y presiones del poder o los halagos del dinero.
La Europa del Medioevo –dice Benda-, con los valores que le imponían sus intelectuales, hacía el mal, pero honraba el bien. En cambio en la Europa de inicios del siglo XX se encontraba con el panorama en el que se hacía el mal y se honraba el mal. “Estos nuevos intelectuales declaran no saber lo que son la justicia, la verdad (…); para ellos lo verdadero está determinado por lo útil; lo justo, por las circunstancias. Todo ello son cosas que ya enseñaba Calicles (sofista que polemizaba con Sócrates), con la diferencia de que éste escandalizaba a los pensadores importantes de su época”.
Benda ha escrito un libro que es ejemplo de rigor intelectual, integridad de vida y amor a la verdad. Y si se trata de escarmentar en cabeza ajena, ¿qué necesidad tenemos en nuestra Región de resucitar el viejo espíritu del nacionalismo de principios del siglo  XX? Evo Morales se erige como representante de los pueblos indígenas en el Altiplano boliviano, Hugo Chávez se autoproclama portavoz del socialismo del siglo XXI y  nacionaliza todo lo que se  le ponga enfrente, Rafael Correa ha puesto en marcha la llamada revolución ciudadana y  Humala, en el Perú, intenta llevar un proyecto político de claro tono indigenista. En todos ellos se privilegia la diferencia y se gobierna de modo excluyente. Viejas fórmulas, las de la nación y las de la clase social, que asolaron el Occidente Europeo en las perversas aventuras del fascismo, el nacionalsocialismo y el comunismo. Ante esta terrible lección de la historia, me uno al ponderado sentir de Benda: “me conmuevo infinitamente más con lo que agrupa a los hombres que con lo que los distingue; con lo que es humano más que con lo que es nacional”.

Diario El Tiempo
Piura, Sábado 6 de junio de 2009

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