Flannery O´Connor  (1925-1964) es una escritora del sur de Estados Unidos cuya obra ha ido ganando espacio en habla hispana en los últimos años. Murió joven de la misma enfermedad que su padre, lupus. Dejó escritas dos novelas (Los profetas y Sangre Sabia) y muchos cuentos, cuya edición completa se ha hecho en el 2006. También se han traducido sus cartas (El hábito de ser, 2003) y muy recientemente se han publicado sus ensayos sobre el oficio del escritor y el lugar de la novela católica en el mundo de las letras (Misterio y maneras, 2007). El reconocido crítico de literatura Harold Bloom señala a O´Connor como una de las 100 mentes creativas y ejemplares en su libro Genios (2005) y no le falta razón: O´Connor ha conseguido crear una obra literaria de calidad y es una inigualable guía para adentrarse en los misterios de la condición humana.
O´Connor, de sencilla y profunda fe católica, escribe para una sociedad en la que se ha debilitado el sentido cristiano de la vida. Y lo hace, las más de las veces, con una literatura de rasgos fuertes y dramáticos y, otras, con fina ironía y sentido del humor. Convencida como estaba de que en la mejor literatura, el sentido moral del escritor coincide con su sentido dramático, sabía que “el novelista tiene la obligación de crear un mundo completo habitado de criaturas creíbles, y la diferencia principal entre un novelista que cree en la ortodoxia cristiana y un naturalista a secas es que el novelista cristiano vive en un universo más amplio: creer no le lleva a someterse a un conjunto de normas que establece lo que el escritor debe ver en el mundo, le lleva más bien a profundizar su sentido del misterio en el contacto con la realidad, y su sentido de la realidad en el contacto con el misterio”.
La buena literatura trata de la naturaleza humana afirma O´Connor. “Desentrañarla no es un asunto accesible para el encuestador, pues  su núcleo no está hecho con lo pasajero y superficial,  sino con cualidades que permanecen, al margen de lo que pasa, porque remiten a la verdad. Yace a gran profundidad. Sólo Dios la conoce íntegramente, pero entre quienes la buscan, ninguno se acerca más que el artista”.
Así lo hace la gran literatura universal. El humanismo de Homero y los trágicos griegos nos presentan las hazañas de los hombres con una belleza triste y melancólica. En el mundo griego el hombre es lo único bello y bueno. Los dioses son los perversos, quienes manipulan a los hombres haciéndoles caer en el error. De allí que Charles Peguy dijera que los antiguos no tuvieron los dioses que se merecían. Los dramas de Shakespeare, las novelas de Dostoievsky y los cuentos de O´Connor, por el contrario, aún cuando conservan en gran medida los mismos temas de los clásicos griegos, varían en los postulados sobre la realidad divina y humana de los que parten: la caída, la redención y el juicio.
El ser humano para el pensamiento cristiano no es ni el héroe puro y bello de los griegos, ni el lobo egoísta como lo veía Hobbes o el buen salvaje de inocencia virginal de Rousseau. El cristiano sabe que el pecado original ha dejado herida la condición humana, causando desorden en sus facultades que le pueden llevar a cometer desafueros por fragilidad y por malicia. Pero a diferencia de los dioses griegos, el Dios cristiano se hizo Hombre y padeció en la Cruz para redimir al hombre. Esta visión está presente en la narrativa de O´Connor y, aún cuando nos puedan resultar chocantes algunos de sus personajes por lo grotesco de sus perfiles, se percibe la irrupción de la Gracia que abre las puertas a la esperanza y a lo inesperado en el alma humana.

Piura, 16 de mayo de 2009.

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