Randy Pausch (1960-2008) fue un prestigioso profesor de ciencias computacionales en la Universidad Carnegie Mellon. Le descubrieron un cáncer terminal al páncreas y al poco tiempo lo invitaron a dictar una conferencia bajo el título “la última lección”. Quienes lo invitaron desconocían que a Randy le quedaban sólo meses de vida.  Randy aceptó y pensó muy bien  cuál podía ser el legado que un profesor universitario cercano a los 50 años podía dejar a los demás, especialmente a sus tres pequeños hijos y a su joven esposa.

No puedo negar que la curiosidad me llevó a leer el libro inmediatamente saltándome la cola de otros que tenía en orden de espera. El libro se lee fácil y rápido (La última lección, México, Grijalbo: 2008). Tiene mucho de libro de “autoayuda” y, aún cuando le pueda faltar peso en algunos temas, resulta aleccionador y muy positivo respecto a su actitud ante la vida, más que a su cercanía ante la muerte. Trasluce en sus páginas el talante de un hombre agradecido por la vida. Sus padres le dieron los grandes rasgos de su personalidad. De ellos aprendió la sobriedad en una sociedad que más bien induce al consumo desmedido. El ejemplo de su papá, quien creó un equipo de voluntariado, le ilustró en la convicción de que cuando nos conectamos con otras personas, nos convertimos en mejores seres humanos. Nada mejor que contribuir al bien común para combatir el egoísmo.

Cuenta una anécdota muy aleccionadora para el oficio universitario. Cuando era adolescente jugaba en el equipo de fútbol americano de su colegio. El primer día de entrenamiento, el entrenador metió a todos en la cancha, pero no había bola de fútbol. Uno de los jugadores le hizo notar esto y el entrenador le preguntó: “¿Cuántas personas tocan la bola en todas las jugadas?” La respuesta era obvia: “una persona”. A lo que el entrenador dijo: “¡Correcto!, trabajaremos en lo que hacen los otros 21 jugadores. Es decir, trabajarían en los fundamentos. Y el consejo de Randy –al cual me adhiero- es muy claro: “Fundamentos, fundamentos, fundamentos. Como profesor universitario he visto ésta como una lección que muchos chicos ignoran y siempre es un su detrimento: es necesario que comprendas los fundamentos porque, de otra manera, todo lo que luce no servirá de nada”.

Me llamó la atención, sin embargo, la ausencia de toda consideración a la religión o a la creencia en un Dios. La respuesta, en parte, la encontré en un artículo posterior, en donde Randy, de fe protestante, menciona que lo hizo así deliberadamente: “A mí me criaron unos padres que consideraban la fe algo muy personal. No saqué a relucir mi religión en mi última conferencia porque quería hablar de principios universales aplicables a cualquier fe, compartir cosas que había aprendido relacionándome con la gente”. Y efectivamente, lo que Randy cuenta muestra la universalidad de la condición humana cuando se mira y se vive abiertamente, sin perjuicios ni reduccionismos amargos. La última lección de Randy ha sido “una propuesta de cómo alcanzar los sueños de niñez y de cómo guiar la propia vida por el camino correcto”. Acertar el camino correcto de la vida es siempre, en su más honda radicalidad, una elección ética: feliz el que acierta en elegir el bien.

Piura, 20. IV. 09

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