El inicio del año escolar tanto para los colegios como para las universidades aún no está muy lejano. A quienes nos dedicamos al oficio docente nos queda todo el año por delante para ayudar a crecer a nuestros alumnos. Tengo, como en otras oportunidades, un pequeño grupo de “cachimbos” en un Taller de lectura. Ellos se estrenan como universitarios y yo sigo dándole vueltas a cómo conseguir que en ese pequeño espacio tan personalizado que es el taller consiga que ellos den un paso más en ese trabajoso arte que es leer, escribir y pensar.
Objetivos modestos, pero no por ello desdeñables; más aún son el corazón de lo que en la añeja institución universitaria se ha hecho desde el siglo XIII. Así lo ha recordado Christopher Derrick, a propósito del sistema universitario anglo-sajón: “un buen College debe enseñar al alumno por lo menos estas tres artes iniciales: el arte de la Gramática, que toscamente podría definirse como el “arte de leer”, el arte de la Retórica, que toscamente podría definirse como el “arte de escribir y de hablar” y el arte de la Lógica, que en términos bastantes menos rudos podría definirse como el “arte de pensar”. Si estas ilustres artes las traducimos a nuestro lenguaje en uso, hemos de decir que nos estamos refiriendo a los Estudios Humanísticos o  Estudios Generales.
Ciertamente, quien, además de la peculiar formación profesional,  ha tenido también una buena educación humanística (Lengua, Historia, Literatura, Filosofía), se encuentra mejor situado para comprender las diversas aristas del mundo que lo rodea, pues ha cultivado las fibras más hondas de su personalidad. Será alguien que apreciará la lectura y no se contentará sólo con hacer preguntas, buscará respuestas; “apreciará el arte, entenderá algo del mundo, su historia y sus problemas, tendrá muchas intereses y espíritu tolerante y, si surgiera cualquier cuestión pública  o política, sabrá darle  otra salida que la del simple prejuicio o interés particular”. Una persona así, indudablemente, no lo medirá todo desde la eficacia o la simple utilidad, pues ha aprendido a distinguir entre el precio y el valor de las cosas.
Cuánto aburrimiento hay entre los chicos jóvenes (y entre los no tan jóvenes) que no saben qué hacer con su tiempo libre. Se han acostumbrado a divertirse y a pasarlo bien haciendo cosas, mirando imágenes, chateando para llenar la soledad; bebiendo o comiendo. No estoy diciendo que no haya que divertirse así; lo que me preocupa es la desmesura a la que se llega, olvidándose que  los intereses humanos son más extensos y más ricos. De ahí que tener una cierta facilidad en las artes de leer, escribir y pensar es un patrimonio personal que libera y humaniza. No diré que con esto hemos asegurado la felicidad, pero me parece que situamos a nuestros alumnos en mejores condiciones para que sus vidas, como lo decía San Josemaría Escrivá –universitario y gran educador de los jóvenes- no sean unas vidas estériles, sino útiles y de calidad.
Leer, pues, es lo primero y en eso estamos en el Taller. Ir a los grandes libros de ayer y de hoy en busca de sabiduría y buen gusto. Las obras de los clásicos griegos y latinos, así como las de Dante, Cervantes, Shakespeare, Dostoiewski, Lewis, Waugh, Eliot, Paz, Borges, Vallejo, Rulfo nos acercan al conocimiento de la realidad, no son mera gimnasia literaria, son un camino que arranca en la belleza y lleva a las verdades más íntimas del ser. Los clásicos saben dirigir la atención de sus lectores hacia algo diferente de ellos mismos o de sus escritos; nos enseñan a mirar a través de ellos y nos preparan a escribir, después, en cosas de fundamento.

Piura, 11. IV. 09

Anuncios