Estaba en México cuando me enteré por los diarios de la repentina muerte de Eluana Englaro, acaecido a los poquísimos días de habérsele quitado la alimentación e hidratación que hasta entonces recibía. Me encuentro entre los que abrigábamos alguna esperanza de que el Parlamento Italiano aprobara la ley que impidiera  la muerte de Eluana, tras la negativa del Presidente italiano, Giorgio Napolitano, de firmar el decreto de Berlusconi. Ha corrido mucha tinta sobre el particular. Me quedo con la escueta declaración de la directora de la Clínica que durante 14 años cuidó de Eluana, un día después que su padre la llevó de allí. Dijo: “Eluana no es un caso, es una persona viva”.
La directora de esa Clínica es Sor Albina Corti,  religiosa de las Hermanas de la Misericordia, quienes cuidaron de Eluana durante todo este tiempo. “Nos hemos quedado muy doloridas”, confesaba, al no poder atender ya a Eluana, a la que consideraban “de nuestra familia”. “No necesitaba nada, solo nuestro amor”. “Quisiera decirles que la acaricien, que observen su respiración, que escuchen los latidos de su corazón, son tres elementos que les llevarán a amarla”.
Cuánta sabiduría hay en estas pocas expresiones y he reconocer que el corazón se me queda corto ante la grandeza de la misericordia de estas religiosas, capaces de atender y de amar lo que otros consideran vidas inútiles. Nuestra civilización tiene mucho que aprender de la abnegación y amor cristianos de estas religiosas. Sin su presencia, la sociedad corre el riesgo de volverse fría e inmisericorde. Sin la mano que acoge y el cariño que calienta el alma, cuántas personas de la tercera edad, enfermos incurables, discapacitados, niños abandonados, quedarían reducidos a meros muertos vivientes.

Me conmovió mucho una escena durante la Misa del domingo en la Iglesia del asilo de ancianos. Una ancianita muy mayor en silla de ruedas asistía a la Santa Misa. Al mínimo gesto, se acercó a ella una madre del asilo y le ayudó a tomar agua, le dijo unas palabras de ánimo y a continuar con la Misa. ¿Qué ha llevado a una mujer a entregar su vida al cuidado de un anciano? ¿Ha sido por el oro del mundo? No, es puro amor a Dios y por Él, amor al prójimo.           Es, indudablemente,  una verdadera riqueza la labor de fina caridad que tantas instituciones de la Iglesia prestan a los más necesitados, desde los pequeños aun no nacidos a los abuelitos que no han encontrado acogida entre los suyos. Qué solos se quedarían los vivos si no hubiese esta capacidad de desprendimiento y entrega entre nosotros.

Nuestro tiempo ha ganado mucho en productividad, sabemos optimizar los recursos y con una buena calculadora financiera podemos saber cuál es la inversión más rentable para el dinero. Pero quizá nos hemos quedado cortos en el amor. Lo hemos frivolizado, quedándonos con las experiencias de vértigo, dominio y egoísmo. Cuando sólo hay experiencia del amor frívolo, el enfermo o el discapacitado se convierten en una carga y el movimiento natural es echarse de encima el bulto. El amor pleno, por el contrario, sabe de cuidado, entrega, noches en vela; es paciente, delicado, tierno; aprueba, dignifica, y de ninguna manera quita la vida. Cuánto hay que agradecer y cuánto podemos aprender  de estas buenas religiosas que han convertido en obras de hospitalidad su amor a Dios y al prójimo.

El Tiempo, 17 de febrero de 2009.

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