Hemos empezado un nuevo año y todavía quedan los ecos del año viejo quemado convenientemente en las tantísimas fiestas públicas y privadas con las que se suele recibir al año nuevo: fin de año y fiesta de año nuevo están, de ordinario, asociadas. Y no es para menos. Los seres humanos no sólo necesitamos empezar proyectos, sino también terminarlos. Las cosas no se hacen de una sola vez. Lo sabe muy bien la mamá cuando desea que su hijo tome la sopa: una cucharada y después otra y, finalmente, la última; ¡sopa terminada!, ¡misión cumplida! Y las ocasiones de fiesta continúan: aniversarios, cumpleaños, ascensos, fines de carrera, etc. Se entiende, por eso, que llegar al fin de año sea toda una hazaña y que en muchísimos nazca el deseo de terminar ese tramo de vida con una buena fiesta, pero ¿eso basta? Es decir, después del baile, la comida, la ropa amarilla, las uvas, las bebidas, la trasnoche y un largo etcétera…,¿el balance es la alegría?
Lo más probable es que haya de todo, desde el aburrimiento  (atolondramiento, atontamiento, vértigo) hasta la auténtica alegría, la del cuerpo y la del alma. Debo decir que  no se me hubiese ocurrido pensar en el binomio fiesta/alegría del fin de año, de no ser por unas palabras de Benedicto XVI ante la Curia Romana el pasado 22 de diciembre. En aquella oportunidad dijo: “la fiesta se puede organizar, la alegría no. Sólo puede ofrecerse como don. (…) Es la expresión de le felicidad, del estar en armonía consigo mismo, algo que sólo puede derivarse de estar en armonía con Dios y con su creación”. La sola fiesta, pues, no garantiza la alegría, del mismo modo que  moverse mucho y bailar hasta el agotamiento no son siempre expresión de felicidad y, antes bien, podría ser manifestación bulliciosa de la propia huida de uno mismo.
La alegría no se organiza, tampoco se compra, es un regalo; no se alcanza, llega, viene, se instala. Unas veces la alegría es chispeante, otras veces es quieta y serena, pero lo  que pierde en brillo lo gana en peso. Y al igual que los peces necesitan del agua para vivir, así también la alegría surge allí en donde hay  hombres y mujeres que día a día cultivan su vida, afirmando libremente su condición humana. La alegría limpia, transparente se destila gota a gota en el esfuerzo diario por hacer que la inteligencia, la voluntad y los afectos nos hagan alcanzar el mejor Juan que llevamos dentro.  Es la armonía conmigo mismo.
Ahora bien, puestos a divertirnos –lo recuerda una vez más Benedicto XVI citando a Friedrich Nietzsche- “la habilidad no está en organizar una fiesta, sino en traer a personas capaces de poner alegría”. Menuda tarea la de encontrar personas portadoras de un buen amor en el corazón. Cuando faltan  los buenos amigos, lo que queda es el sustituto: más alcohol, más comida, más ruido. Los sentidos se embotan y el alma languidece, la depresión está servida.  Las personas alegres, en cambio, saben pasarlo bien con dos soles en el bolsillo (una gaseosa, un chocolatito y poco más), sin necesidad de desparramar  los sentidos y arruinarse  económicamente el fin de semana. Una buena fiesta, entonces, se mide por la buena compañía y no hace falta estar, necesariamente, en la cubierta del Titanic. Es la armonía con la creación.
¿Y que hacemos con la abuelita que ya no está para bailes ni menos para trasnochar quemando luces de bengala? ¿Qué hacemos con las penas, las dificultades, los renglones torcidos de la vida? ¿Cómo queda la alegría? Mirada sólo desde nuestra condición meramente humana, no queda bien parada la alegría. En cambio, mirada desde nuestra condición de hijos de Dios, todo es para bien. Es la alegría que tiene raíces en forma de Cruz, en donde está el Crucificado que ha cargado sobre sí las negaciones de sus criaturas. Brota así la alegría  madurada en el crisol del dolor. Es la armonía con Dios.
Cañete, 9. I. 09

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