La reciente muerte de Alexandr Solzhenitsyn, premio Nobel de literatura de 1970, a la venerable edad de 89 años, es una pérdida que intelectuales y políticos de todo el mundo lamentan. Sus novelas Archipiélago GULAG  y Un día en la vida de Iván Denisovich -de la que se anuncia una pronta película- fueron una denuncia valiente de las atrocidades del comunismo en la entonces Unión Soviética. Pero, asimismo, sus libros de ensayos Alerta a Occidente y El error de Occidente han sido, también, un buen revulsivo para la cultura occidental predominante, a la que criticó por su falta de hondura y de inspiración trascendente. Buscador y amante de la verdad, no fue nunca un pensador cómodo para nadie, de ahí que no le falte razón a quienes lo han visto como un exiliado tanto de su Rusia natal como del Occidente europeo que lo acogió después de su deportación y pérdida de ciudadanía en 1974.

Antes de su retorno a Rusia en 1994 escribió  el ensayo El problema Ruso al final del siglo XX. La historia de los últimos años no ha hecho sino confirmar el eje central de su diagnóstico. Después de setenta años del poder comunista en la URSS, hoy por fin, escribía Solzhenitsyn, se revela en todo su dramatismo “el exterminio físico del pueblo: cincuenta millones de víctimas.  Exterminio selectivo: contra aquellos que manifestaban protesta, resistencia, opiniones críticas, talento o autoridad entre quienes les rodeaban. Esta selección inversa  arrancaba a la sociedad de sus miembros más valiosos desde el punto de vista moral e intelectual, y reducía irremediablemente el nivel medio de quienes sobrevivían”.

Gorbachov, primero y después Yeltzin no pudieron manejar la  complejidad sobrevenida al derrumbe del comunismo. El totalitarismo político, de un lado,  y el vacío de poder en la sociedad civil, durante la larga época bolchevique dejaron  indefenso  al ciudadano  frente a la avalancha de poder que supone un régimen democrático, de allí la paradoja resultante puesta de manifiesto por Solzhenitsyn: “la segunda consecuencia de la quiebra del comunismo en la URSS debiera haber sido el inmediato advenimiento de la democracia. ¿Pero qué demócrata puede crecer súbitamente en un terreno donde ha habido totalitarismo durante setenta años? (…) No podemos decir que tengamos democracia por la simple razón de que no se ha creado un poder local vivo y sin ligaduras. Sigue bajo el control de los mismos jerifaltes comunistas  locales y resulta imposible hacerse oír en Moscú”.

 ¿Y qué decir del mercado?  Tampoco  el manejo de la economía libre ha sido exitoso. Ha pasado en Rusia lo que ya conocemos de tantas otras economías emergentes que se abren a estilos de libre mercado: procesos de inflación galopante, especulación financiera, inestabilidad económica, etc. y es que, entre otras cosas,  “liberalizar los precios en un país donde no existe competencia entre productores no es sino dar libertad al monopolio de la producción para que suba los precios tanto como quiera y durante el tiempo que quiera”. En opinión de Solzhenitsyn, “estamos creando una sociedad cruel, brutal y delictiva, mucho peor que los modelos que pretendemos copiar de Occidente. ¿Es que acaso puede copiarse un estilo de vida? Es algo que debe confluir con las tradiciones del país de manera orgánica. (…) Pero la crisis   que está atravesando nuestro país es mucho más profunda que una crisis económica: es una crisis de la conciencia y de la moral, tan profunda que no sabemos cuántas décadas –o siglos-  necesitaremos para superarla”. Putin, primero, y ahora Dimitri Medvedev, tienen que lidiar con estas perversidades del mercado.

Acostumbrados como estamos a los libros de management  que nos entregan recetas de aplicación inmediata para resolver todos los problemas de la empresa, más de uno quedará decepcionado al percatarse que Solzhenitsyn no ofrece ninguna frotación milagrosa para resolver los problemas de Occidente y Rusia. Y me parece que eso es lo propio en él, vacunado como está  del síndrome intelectual  de alimentarse con comida rápida al paso. Su apuesta es por lo pequeño y cercano, quizás porque hay tanto tiempo que recuperar y no conviene entretenerse en experimentos  de ingeniería social.  He aquí su solución: “Gracias a las numerosas cartas que he recibido desde la provincia rusa, desde sus grandes extensiones, estos años he conocido personas moralmente sanas, pero que carecen de alimento espiritual y se esparcen aisladas por ese vasto territorio. Cuando regrese a la patria espero conocer personalmente a muchas de ellas. Nuestra única esperanza es precisamente este núcleo sano de gente viva. Es posible que ellos, al crecer, influirse mutuamente y aunar esfuerzos, consigan sanar gradualmente nuestra nación”. La gran ilusión de Solzhenitsyn fue edificar una Rusia moral y ninguna otra, porque de no ser así ya nada importaría.
Chosica, 5 de agosto de 2008

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