José Ignacio López Soria acaba de publicar un reciente libro de título provocador: Adiós a Mariátegui. Pensar el Perú en perspectiva postmoderna (2007).  El texto recoge  artículos publicados por el autor en los últimos años alrededor de la modernidad en el pensamiento social y político peruano. La tesis central del libro es que el pensamiento moderno, encarnado por los intelectuales de la primera mitad del siglo XX, ya no da para más, ha agotado sus virtualidades. Para seguir pensando al Perú habría que optar por nuevas rutas conceptuales. La apuesta de López Soria es por el llamado pensamiento post moderno, el del filósofo italiano Vattimo, concretamente. Se trata de un pensamiento débil que huiría de posiciones sustancialistas, fuertes, para abrirse a un forma de pensar más flexible, capaz de asumir las diferencias en su versión multicultural. Es una teoría modesta que renuncia a ser englobante para dejar hablar al otro en su particularidad.

La propuesta del autor resulta interesante, tratándose de un intelectual de izquierda. Adiós a Mariátegui, es también, adiós a todas las generaciones coetáneas al Amauta. Allí entran la generación del 900 (Víctor Andrés Belaunde, Riva-Agüero, los hermanos García Calderón), los intelectuales indigenistas (Castro, Valcárcel, Arguedas), Haya de la Torre, los liberales y neo liberales, etc. Sin duda, un discurso en términos de modernidad y post modernidad le da aires frescos a la reflexión política contemporánea y hace que la discusión adquiera vuelos más universales, puesto que finalmente, lo que está en juego es el adiós a la misma modernidad (Descartes, Kant, Hegel, Rousseau, Marx, entre otros ilustres pensadores).

López Soria no plantea un “nunca más nada con la modernidad”. No es ésa la ruptura  que propone. Se trataría de seguir oyendo los ecos que nos vienen del pasado, pero no como mandatos imperativos, sino como pasado del presente que pide al ciudadano de hoy una relectura creativa de corte post moderno.  El discurso moderno –sigue afirmando nuestro autor- ya no es útil, su tiempo pasó debido a “cuatro razones principalmente: la defectividad originaria de los discursos modernos en el Perú, la liberación de las diferencias y toma de la palabra por las diversidades, el debilitamiento de las categorías fundantes del discurso moderno en general, y el desborde de las dimensiones institucionales de la modernidad”.

La naturaleza de ensayo que tiene el texto que comentamos, le lleva al autor a  incurrir en generalizaciones que rayan en la inexactitud, como por ejemplo, considerar a José de la Riva-Agüero en el mismo paquete de los modernos. En esto no acierta, pues si algo no fue Riva-Agüero es ser moderno. Fue, sin duda, un profundo conocedor de la modernidad, pero ante ella se mantuvo en actitud contestataria, adelantándose a muchas de las críticas que los post modernos y el mismo López Soria hacen de la modernidad. El pensamiento conservador de Riva-Agüero se entiende mejor, precisamente, por su postura anti-moderna, de ahí que resulte sumamente actual volver a leer a este novecentista en tantos aspectos cercano a los post modernos.

Coincido con el autor –como tantos otros intelectuales lo han puesto en evidencia desde hace muchos años- que el discurso de la modernidad está agotado, pero me parece que incluso el tono moderado de su adiós a la modernidad es precipitado y ha sepultado prematuramente a los intelectuales peruanos de la primera mitad del siglo XX, que gozan aún de extraordinaria salud. Sus propuestas son hoy en día mucho más que simples ecos del pasado y en varios aspectos, sus planteamientos son más ricos que el temeroso pensamiento débil de Vatimo. La propuesta de López Soria, con todo, es una llamada de atención para seguir pensando, para no detenerse en discursos abstractos, en repeticiones ideológicas sin vida, en clara traición a la racionalidad y a la realidad multiforme del país.

 

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