La llamada Revolución estudiantil del 68 acuñó entre otros estos lemas: “seamos razonables, hagamos lo imposible” y “el poder ha tomado el poder, tomemos el poder”. La vena fantástica no faltó tampoco y allí estaban, también, lemas como éste otro: “mueran los orcos, vivan los elfos”. Fue, pues, una revolución romántica, sentimental, un evidente rechazo al sistema que cuadriculaba la vida de todos. Esos jóvenes de entonces son los cincuentones de ahora, medianamente instalados en esta nuestra sociedad emergente en plena crisis de crecimiento. Los tiempos han cambiado, la democracia, también.

La democracia que estamos conquistando ya no es la de un simple juego de mayorías y minorías: porque somos más hacemos lo queremos. No basta con ser más, incluso, pretender querer cosas buenas para la sociedad, si excluimos del diálogo social a quienes afecta y/o favorece la decisión. Como dice, acertadamente, Innerarity, “la idea de una deliberación democrática apunta precisamente en este sentido: la discusión pública no es algo que tenga lugar acerca de un bien común ya establecido, sino una ocasión para la clarificación pública de los intereses”. Sólo generando esos espacios públicos para la discusión las decisiones se legitiman. La sola legalidad no basta, como ya lo hemos podido ver en estos últimos días y semanas, con las idas y vueltas de normas que amplían o derogan tácitamente normas del día anterior.

Nuestra marinera norteña es muy expresiva. Una de esas coplas que  suelen recitarse entre la primera y segunda parte dice: “yo soy un norteño bueno, porque no hay norteño malo; y a aquél que diga algo, cuidado que agarro un palo”. La naciente democracia deliberativa que estamos en condiciones de poner por obra requiere mucha capacidad diálogo y cintura para negociar. No se puede patear el tablero y agarrar palos y piedras a la primera, ni a la segunda. Ya no son tiempos de garrote, es tiempo de armonizar los intereses contrapuestos, buscando bienes colectivos, oportunidades y evitando riesgos comunes. Entiendo que se dice fácil, que hacerlo es una tarea ardua, pero eso es precisamente la política: el arte de vivir juntos sin romper ventanas, ni tomar carreteras, ni dar de alta prematuramente a los pacientes.

Una democracia deliberativa cambia el perfil de los representantes de la sociedad civil. Más que lanzadores de bala o jabalina hacen falta buenos negociadores con competencias suficientes para manejar conflictos. Los atascos sociales no se solucionan con amenazas que aterran no sólo al gobierno, sino también a los ciudadanos de a pie. Pobre democracia, por otro lado, si la reducimos a un sistema de consulta electoral de tiempo en tiempo Debe ser más bien un sistema que articule diversos criterios: la participación de los ciudadanos, la calidad de las deliberaciones, la transparencia de las decisiones y el ejercicio de las responsabilidades. Es decir, no se puede ser irresponsable ni siquiera en las justas protestas. Los intereses de grupo no son todo el bien común de una sociedad y por eso en las pretensiones hay que ser moderados y pensar, también, en el enfermo que viaja en el bus y se queda varado en la carretera entre gritos y piedras de manifestantes.

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