La utopía del mundo perfecto siempre ha rondado por la cabeza de los seres humanos. Y ante el silencio del Dios, muchos han pensado en la construcción de un mundo simplemente humano. Gustave Thibon, filósofo francés, quiso graficar esa pretensión humana y escribió en 1959 una obra de teatro titulada Seréis como dioses. Las escenas transcurren bastante después del siglo XX. En este mundo de ficción la Ciencia ha conseguido lo que las religiones ofrecían en el más allá: ha vencido a la muerte. Las nuevas generaciones de mujeres y hombres son inmortales. Pero no sólo se ha conseguido la inmortalidad física, sino también la ausencia de enfermedades y un equilibrio anímico perfecto incapaz de llegar al aburrimiento o al hastío de la vida.

En este mundo perfecto habita Amanda. Pertenece a la primera generación de hijos inmortales con padres inmortales. Está comprometida con Helios, ambos se aman. Sin embargo, Amanda no acaba de ubicarse en este nuevo mundo de perfecciones, en donde no existen promesas pues todo está ya conseguido: sencillamente todo es actual e inevitable. Amanda se pregunta por los muertos, ¿y ellos, qué? ¿Han sido un simple tributo particular a la especie? ¿Qué vínculo tengo con ellos?  Hay ahora inmortalidad, ¿pero hay también eternidad? ¿Hay espacio para el amor? ¿Tiene sentido hacer promesas? ¿Progresar en la vida consiste en eliminar el dolor de la existencia?

Junto a estas utopías grandes, 50 años después,  están las utopías desencantadas de inicio de nuestro real siglo XXI, más práctico y escasamente romántico. Un mundo que no pretende ser como Dios. Simplemente actúa como si Dios no existiera. El tono vital es otro. Así, unos enfrentan el nuevo milenio abatidos por  los problemas personales y por cierto panorama internacional oscurecido por las sombras de guerras y las amenazas de  catástrofes mundiales ecológicas. Otros –envueltos en burbujas artificiales- se embriagan con los pequeños placeres que llevan al vértigo,  desconectados de la realidad a base de saturar sus sentidos. Hay, también, quienes en actitud de suficiencia  viven el hoy y ahora del progreso económico y científico.

En este panorama de pesimismo cansino, cinismo calculador o simple desconcierto, el Papa Benedicto XVI ha escrito una nueva encíclica, Spe Salvi, sobre la esperanza cristiana para recordarnos que hay que elevar la mirada: la vida sí tiene sentido y aunque los cristianos no conozcan los pormenores de lo que les espera, saben que su vida, en conjunto, no acaba en el vacío. Las inquietantes preguntas de Amanda las responde el Santo Padre y nos recuerda que la gran esperanza sólo puede ser Dios, pero no cualquier dios, “sino el Dios que tiene rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto”.

La esperanza cristiana no es un amor en el aire. Es amor de cada día que aspira a la Vida para siempre. Es amor que descubre las huellas divinas en lo humano.  ¿Cómo ver, por ejemplo,  en un niño envuelto en pañales a un Dios que se ha hecho carne por amor a los hombres y mujeres de todos los tiempos? Hace falta, ciertamente, unos ojos iluminados por la luz de la Fe. Quizá por eso lo más sensato en esta Navidad sea acercarse al Belén pidiendo con  la Iglesia: “haz que yo crea más y más en ti, que en ti espere, que te ame”.

Anuncios