Desde que empecé a ejercer la docencia universitaria a inicio de los 80, el Perú y el mundo han cambiado bastante. Es otro el escenario económico y cultural que nos rodea y otro, también, el perfil de los alumnos que llegan a la universidad en este nuevo milenio: es, mayoritariamente,  la generación X, chicos y chicas con notables competencias relacionales, simpáticos en el trato, pero –hay que decirlo- con escaso nervio cuando llega la hora del esfuerzo. Buenos en los piques, inconstantes para carreras de fondo. A la hora de la exigencia, se derriten cual helado fuera de la refrigeradora.

Qué ha pasado en la educación del carácter de nuestros jóvenes, nos preguntamos los mayores. Los tenemos delante nuestro: saben más que otras generaciones, pero pueden menos. Son más vulnerables a las modas. Inconstantes como todo adolescente, solemos decir para tranquilizarnos, pero nos damos cuenta que la adolescencia  continúa, tarde en irse y allí está el muchachón de más de 20 años que no acaba de madurar.

En esta línea de aclararnos, ha aparecido un reciente libro de título elocuente Elogio de la disciplina (Barcelona: Ediciones Ceac, 2007) escrito por Bernhard Bueb, pedagogo y filósofo alemán, casado y con dos hijas, quien ha sido durante 30 años director de una de las instituciones educativas más prestigiosas de Alemania, el internado Schloss Salem. El problema no es propiamente de acción sino de omisión: “Hoy en día –dice Bueb-  ya no educamos a los niños y a los adolescentes, sino que simplemente se hacen mayores. Están rodeados de “educadores” agresivos que forman parte de su entorno de manera involuntaria: la televisión, la llamativa prosperidad del país, los elementos seductores de la sociedad de consumo y los modelos de mediocridad intelectual y de falta de carácter que representan nuestras élites”. Sólo cambiaría lo de “llamativa prosperidad” por creciente prosperidad y dejo todo lo demás para el Perú.

Tenemos, pues, un déficit de exigencia en la educación de los jóvenes. Quizá les hemos allanado demasiado el camino y hemos querido hacer que sus deseos sean realidad. Deseos que fueron los nuestros y que no tuvimos oportunidad de realizar. Los hemos llenado de vida al alcance de su mano (más o menos) y no sólo sus deseos, sino también sus llantos han sido una orden para nosotros. El resultado, chicos y chicas con menos traumas, pero probablemente demasiado satisfechos. Acostumbrados a lo fácil y a que los papás les solucionen los problemas. Aptos para vivir el instante, pero con menos capacidades para afrontar tareas arduas y valiosas.

La buena educación no puede prescindir de la pedagogía del esfuerzo. Requiere presencia de padres y educadores, pero una presencia activa, exigente y afectuosa a la vez, que acompañe y oriente el crecimiento sano de los jóvenes. ¿Más técnicas? Las imprescindibles, diría y no perdería el sueño por ellas. ¿Más tiempo? Sí, mucho tiempo, aún cuando tengamos que robárselo al sueño. Dice Bueb: “Si un niño se percata de que sus padres tienen prisa, los padres ya han perdido la partida. Comer con prisa impide enseñar buenos modales. Practicar los buenos modales en la mesa prolonga el tiempo de las comidas. Cumplir con los deberes del hogar requiere tiempo”. Haremos bien, por tanto, en volver a repensar nuestra forma de educar y recordar que la buena educación requiere de disciplina y tiempo de los padres y educadores.

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