El último libro de Juan Pablo II, Memoria e identidad, apareció en febrero de 2005, pocas semanas después, el 2 de abril, fallecía el Romano Pontífice en olor de santidad. Un libro escrito, al filo de dos milenios,  por la pluma de quien ha sido uno de los líderes más lúcidos de la humanidad, cuya autoridad moral e intelectual ha sido reconocida por millones de personas que han encontrado luz y consuelo en sus palabras y gestos y que ahora lloran sinceramente su muerte.


El pretexto del libro está marcado por unas conversaciones que Juan Pablo II mantuvo con unos profesores polacos, analizando  las dos dictaduras que ocupan la primera plana del siglo XX: el nazismo y el comunismo marxista. Las llama sin más preámbulos “ideologías del mal”. Habla así no sólo desde la perspectiva del pensador, sino con la autoridad de haber sufrido ambas opresiones en su patria natal, Polonia. No le basta con ofrecer una visión histórica y filosófica sobre ellas, ahonda más, y hace “una reflexión teológica en un intento de llegar hasta las raíces del mal, para descubrir la posibilidad de vencerlo gracias a la obra de Cristo”.
Dice Juan Pablo II que en el transcurso de los años se fue convenciendo de que las ideologías del mal estaban profundamente enraizadas en la historia del pensamiento filosófico europeo. Para llegar a sus raíces, habría que remontarse al período anterior a la Ilustración y fijarse en el giro de la filosofía cartesiana que pone al “yo pienso” por sobre el ser de las cosas. Con este nuevo punto de partida, el hombre se queda solo y decide por sí mismo lo que es bueno y lo que es malo. “Pero –continúa diciendo Juan Pablo II- si el hombre por sí solo, sin Dios, puede decidir  lo que es bueno y lo que es malo, también puede disponer que un determinado grupo de seres humanos sea aniquilado”. El holocausto judío es mucho más que la simple locura de un caudillo xenófobo.
Los sistemas construidos  sobre ambas ideologías del mal han caído. “No obstante, afirma Juan Pablo II, se mantiene aún la destrucción legal de vidas humanas concebidas, antes de su nacimiento. Y en este caso se trata de un exterminio decidido incluso por parlamentos elegidos democráticamente, en los cuales se invoca el progreso civil de la sociedad y de la humanidad entera (sucede igual con la presión por el reconocimiento de las uniones homosexuales)”. Persiste, pues, una cultura de la muerte  que niega el derecho a la vida al no nacido, al desvalido, al enfermo doliente, reduciendo a la persona a alguna de sus cualidades: racionalidad, conciencia, autonomía.
¿Por qué ocurre todo esto?  ¿Cuál es la raíz de estas ideologías postilustradas?, se pregunta Juan Pablo II y afirma que “la respuesta, en realidad, es sencilla: simplemente porque se rechazó a Dios como Creador y, por ende, como fundamento para determinar lo que es bueno y lo que es malo. Se rehusó la noción de lo que, de la manera más profunda, nos constituye en seres humanos, es decir, el concepto de naturaleza humana como “dato real”, poniendo en su lugar un “producto del pensamiento”, libremente formado y que cambia libremente según las circunstancias”.
Esta actitud dominiocéntrica, según expresión de Jesús Ballesteros, propia del pensamiento postilustrado al que se refiere el Papa, dispone también de la misma integridad física de la persona. La técnica genética contemporánea hace disponible  la misma condición (naturaleza) humana,  lo que somos como seres humanos, que es mucho más que disponer de los bienes de la persona. Clonación, experimentación con embriones humanos, técnicas de diagnóstico prenatal, eugenesia embrionaria, etc. son técnicas que alimentan el actual debate bioético y sobre los cuales ya no es suficiente una “abstención fundamentada”: las ciencias tienen su palabra, el Derecho también. Estas esperanzas, pero también amenazas que se ciernen sobre la condición humana tocan de lleno el futuro de la especie humana, cuya esencia es sacra y no el producto del pensamiento. 
Juan Pablo II hace notar que no todo son sombras, a pesar de la presencia avasalladora del mal en el mundo. “El mal no es omnipotente, tiene un límite y es el bien, el bien divino y humano que se ha manifestado en la misma historia, en el curso del siglo pasado y también de muchos milenios. En todo caso, no se olvida fácilmente el mal que se ha experimentado directamente. Sólo se puede perdonar. Y, ¿qué significa perdonar, sino recurrir al bien, que es mayor que cualquier mal? Un bien que, en definitiva, tiene su fuente únicamente en Dios. Sólo Dios es el Bien. El límite impuesto al mal por el bien divino se ha incorporado a la historia del hombre, a la historia de Europa en particular, por medio de Cristo”. De ahí que el creyente sabe que la presencia del mal está siempre acompañada por la presencia del bien, de la gracia.
Decía que las ideologías del mal son sólo el pretexto para que el Santo Padre, un polaco universal, indague por el sentido más hondo de la historia. Sostiene que “la esperanza cristiana supera los límites del tiempo. El Reino de Dios se inserta y se desarrolla en la historia humana, pero su meta es la vida futura. La humanidad está llamada a traspasar el confín de la muerte, e incluso de la sucesión misma de los siglos, para encontrar el refugio definitivo en la eternidad, al lado de Cristo glorioso y en la comunión trinitaria. “Esperaban seguros la inmortalidad” (Sb 3, 4). La última lección de Juan Pablo II fue, precisamente, esa espera serena de quien ha vivido –son sus palabras- convencido de que todo lo que ha dicho y ha hecho en cumplimiento de su misión, no ha sido sólo iniciativa suya. La Voz que lo llamó a Roma, es la misma que un día llamó a Abrán de la tierra de los Caldeos, y Abrán decidió seguir la Voz.

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