El escritor húngaro Imre Kertész, al final de sus palabras de agradecimiento al recibir el Premio Nóbel de Literatura en diciembre de 2002, dijo: “Y si ustedes me preguntan ahora qué me mantiene todavía aquí en la Tierra, qué me mantiene vivo, yo respondería sin ninguna vacilación: el amor”. Final redondo y lugar común en cualquier canción romántica de moda, pero desconcertante en labios de Kertész, cuya prosa no habla precisamente del amor, sino de ese gran trauma de la Civilización Occidental, el Holacausto judío.

En las librerías puede encontrarse traducidos algunas de las obras del Premio Nóbel. Allí están Sin destino (novela del holocausto), Kaddish por el hijo no nacido (es una oración judía a los difuntos, él no quiso tener hijos con su primera pareja), Yo, otro. Crónica del cambio (una especie de diario que va de 1990 en adelante con reflexiones sobre la identidad) y Un instante de silencio en el Paredón (conferencias varias sobre lo mismo, el Holocausto). También es muy ilustrativo de su vida y obra el discurso que pronunció en la ceremonia de recepción del Premio Nobel.

Es un autor complejo y salvo su novela Sin destino que se lee fácil, todas las otras  son difíciles de entender y seguir. Son de un intimismo y subjetividad  angustiada muy grande. Kertész intenta expresar su mundo interior en contrapunto a la experiencia vivida en Auschwitz. Hace un esfuerzo por comprender  su historia en términos personales, no abstractos. Asimismo, huye de las generalizaciones, del sistema, de los tópicos, de la masa, de la frivolidad. De origen judío, pero no creyente, ni practicante, el tema de Dios aparece en su discurso. Kertész reconoce que necesitamos responder de lo que somos y hacemos ante alguien. Ese alguien no es el Dios personal de los creyentes, sino que  sería una especie de “espíritu de la narración” (Un instante… ), “la presencia de la muerte” (Yo,), “la conciencia creadora de valores” (Yo, y su Discurso). Lo cierto es que considera que no hay azar, sino que hay “alguien” que planea todo, hay un destino. No es pues la certeza de un Dios providente, pero se deja ver un trasfondo trascendente sin el cual quedarían sin respuesta los vaivenes de la historia personal, que es la cuenta para el autor.

En su obra se manifiesta un individualismo feroz, en el sentido de una subjetividad muy despierta. Es una visión desgarrada y objetiva en el caso de Sin destino. En lo demás, es una narración desde lo íntimo, en un fondo sofocante de angustia, como si él fuera sólo sus circunstancias; es la lucidez del que se ve a sí mismo desde fuera, sin apasionamiento, pero en un mundo del que no forma parte. No hay concesiones al sentimentalismo, ni hace referencia al amor, ni al perdón. No hay alegría por ningún sitio, sólo resignación, cansancio; desesperación al modo de Kierkegaard, es decir, desesperación que consume, pero no mata.

Resulta especialmente lúcida su observación respecto a las abstracciones teorizantes que hacen caso omiso a la realidad. En este sentido, Kertész afirma que la experiencia perturba al intelectual teórico, ya que aquélla se le presenta irreductible a la ideología. Esta pretende tener una respuesta para cada interrogante y lo cifra todo en el sistema y en la estructura, seríamos simples resultados de un todo, sin responsabilidad, sin personalidad. Kertész más bien apela a la recuperación de lo humano en singular. Considera que muchos de los crímenes de la humanidad se han cometido a causa de abstracciones que desconocen y niegan la realidad del individuo concreto, por eso y desde su propia experiencia (Aushwitz y el comunismo húngaro) rechaza y rehuye de la mentalidad de sistema que impersonaliza e impide la salvación personal, aun cuando sea trágica.

En suma, un escritor esencial, aunque difícil. Su desesperación y angustia las trata como penas acostumbradas. No es el pesimismo  de Sábato, que a pesar de todo, no es asfixiante. Kertész no da respuestas, comunica perplejidades, abre heridas, hurga en la propia intimidad buscando certezas que no encuentra. Transmite su propia desazón. Quiere ser conciencia y testigo vivo de lo que considera el gran tema de la contemporaneidad: el holocausto. Le aterra que triunfe la banalidad y pase al baúl de los recuerdos un hecho que muestra cruentamente la eclosión de un pensamiento enfermo en Occidente. Me pregunto,  ¿cómo se puede vivir así y no morir en el intento?

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