Toda organización necesita de un sistema formal claro y sencillo para  que sus actividades se cumplan con orden. Es conveniente que los empleados sepan lo que la empresa espera de ellos y, del mismo modo, los clientes externos han de saber qué servicios reciben por sus compras o pagos. El directivo, por su parte, dirige y alienta la labor de sus colaboradores para que la empresa realice su misión satisfaciendo con creces las necesidades reales de sus clientes.


Sabemos, asimismo, por propia experiencia que cada directivo tiene un estilo particular de dirigir. Cada vez que hay un nuevo jefe, todos están a la expectativa para conocer su estilo de dirección: ¿será de los que dejan hacer?, ¿será de los que acaparan todo el poder?, ¿le encantarán los memos y los plazos?, ¿inspira confianza?, ¿va a lo suyo o se preocupa de los demás?, ¿acorta distancias o las alarga?, etc. Estilo de dirección que se manifiesta, especialmente, en la dinámica mando y obediencia, es decir en el uso del poder. En esto hay jefes para todos los gustos, desde los que hacen grato el trabajo hasta los que no queda más remedio que sufrirlos.
Usar el poder con medida y tino es todo un arte. Ni mucho porque nos convertimos en tiranos; ni tan poco porque haríamos de la organización un campamento de hippies: mucho amor, pero escasísimo trabajo. El sano equilibrio entre los objetivos de la empresa y las expectativas de los empleados, requiere de un uso ponderado del poder, que no deteriore la atractividad de la empresa, ni el sistema nervioso de los colaboradores.
La atractividad mide cuán estimulante resulta para un empleado trabajar en esa organización. Un colaborador eficiente y creativo –un ser humano racional y libre, sin más- requiere de unos espacios propios en la manera de ejecutar su trabajo. El empleado estará satisfecho si en su empresa realiza lo que sabe hacer y dejan que lo haga con iniciativa propia. Por el contrario, cuando a toda iniciativa se responde con el “no” y todo se reduce a realizar las cosas según lo estrictamente reglamentado, un empleado con un mínimo de creatividad languidece en su desempeño hasta que el despido lo separe de la empresa. Orden, pues, no quiere decir uniformidad, ni mucho menos reglamentar las actividades al milímetro –ni siquiera al centímetro-.
El uso innecesario o agobiante del poder genera el estilo del jefe “amarrón”, vehemente y cuadriculado. Quiere estar en todas, pues siente que él es el portador de la chispa divina de Zeus. Baja a los detalles. No es malo ni pretende abusar de su poder, simplemente es meloso. Busca resultados, pero los quiere ya. No confía en la libertad creativa de su gente y a fuerza de meterse en todo, acaba por agobiar a sus colaboradores. Sólo está tranquilo cuando las cosas se hacen a su manera. Su vehemencia le hace arrancar frutos antes de tiempo, pues olvida que las personas y las cosas tienen su tiempo para dar resultados y no coincide, ciertamente, con sus urgencias. Al jefe “amarrón” habría que aconsejarle que modere su impaciencia, que no se agote intentando controlar la vida de sus colaboradores y que, simplemente, los deje ser.

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