No hace mucho pude apreciar en la Universidad de Piura una representación teatral de una de las obras del dramaturgo y filósofo francés Gabriel Marcel, El mundo roto. La protagonista, Christiane  Chesnay es una mujer de éxito, vive su matrimonio sin amor, rodeada de amigos que la halagan y pretenden. Su vida transcurre en quehaceres brillantes que ocupan las 24 horas de cada día, pero no es feliz. En una conversación con su amiga Denisse exclama dramáticamente: “¿No tienes a veces la impresión de que vivimos, si a esto se puede llamar vivir, … en un mundo roto? Sí, roto, estropeado, como se estropea un reloj, al que la cuerda ya no le funciona. En apariencia nada ha cambiado, todo está en su sitio. Pero si acercamos el reloj al oído… no se oye nada (…) Laurent pone en orden sus reglamentos, papá está abonado al Conservatorio (…), Henri se dispone a dar la vuelta al mundo… Cada uno tiene su pequeño rincón, su pequeño problema, sus pequeños intereses. La gente se encuentra, entrechoca, y esto produce un sonido de hierros viejos. Pero ya no hay corazón, ya no hay vida, en ninguna parte”.

Pienso que, en gran parte, podemos hacer nuestro ese diagnóstico que hace notar la ausencia de encuentro personal en tantas relaciones puramente formales. Estamos llenos de roles y cada uno desempeña su función en el trabajo, en la vida social, en la familia. Muchas veces, resignadamente, admitimos que “cumplimos con el trabajo”, queriendo decir que la situación es chocante, que las relaciones son ásperas, que cada cual va a lo suyo, que no hay amistad con los colegas. Queremos más, deseamos que en esas relaciones alguien que no sea yo, afirme con sus hechos y palabras “qué bueno que tú existas” (Josef Pieper). Estamos pensados, no sólo para existir, sino para existir amando y, parafraseando a San Agustín, podemos decir que nuestro corazón está inquieto hasta que no descansa en el corazón de otro, también en el corazón de ese Dios que se hizo hombre.

Sí, a veces pasa que nos encerramos en nuestros pequeños intereses y sólo nos fijamos en la tarea, en la función y olvidamos que detrás del alumno que plantea un reclamo, de la secretaria apurada, del empleado malgeniado,  del colega que interrumpe, está la persona en toda su integridad y complejidad, cuyo día puede cambiar con tan sólo una sonrisa, una palabra amable o la paciencia de saber escuchar,  acoger y comprender la preocupación y el dolor ajeno.

En las relaciones con nuestros semejantes aspiramos a algo más que encuentros que suenen  a hierros viejos. Esto lo ha visto con claridad el Comunitarismo que propone una tercera vía centrada en la persona. Así lo dice Amitai Etzioni, uno de los principales impulsores del pensamiento comunitarista: “Aspiramos a un sociedad que no sea únicamente sociedad civil sino que llegue a ser una buena sociedad, en la que las personas se traten como fines en sí mismas y no como meros instrumentos; como miembros de una comunidad, unidos por lazos de afecto y compromiso mutuo, y no sólo como empleados, comerciantes, consumidores o, incluso, conciudadanos”.

Es interesante comprobar cómo en el actual debate político contemporáneo entre liberales y comunitaristas, la felicidad personal, no es un asunto privado, ajeno al bien común societario. Por el contrario, tras la idea de una buena sociedad está la convicción  de que en la vida social –familia, empresa, club, colegio, universidad- no podemos manejarnos de espalda a nuestros semejantes. Es cierto que hemos contratado a Juan para que haga unos reportes financieros muy especializados, pero también es verdad que si en esas 8 horas de trabajo diario –o más- Juan no pone en juego otras fibras de su condición humana (saberse escuchado y estimado, forjar relaciones profesionales que le hagan crecer, gozar de la confianza de los otros, …), el resultado es un empobrecimiento espiritual que descorazona. La maquinaria funciona, pero sin alma. Y es que, esas relaciones Yo-TÚ, personalísimas, de las que hablaba Martin Buber, no son un mero ideal romántico, inalcanzable, son una verdadera exigencia de la felicidad terrena hoy, ahora; no son sólo aspiraciones idílicas para cuentos de hadas, son reclamos del alma humana cansada que no renuncia a su condición de persona.

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