El Santo Padre, Benedicto XVI ha terminado su visita a México y Cuba. En México estuvo en Guanajuato, León y visitó el cerro del Cubilete, en donde se erige una estatua a Cristo Rey, “lugar emblemático de la fe del pueblo mexicano”, que en 1926 fue bombardeado y dinamitado por órdenes del presidente Plutarco Calles, en plena guerra civil mexicana entre 1926 y 1929. La guerra no fue sino el desenlace cruento de la “cuestión religiosa”, que enfrentó al gobierno y a los fieles católicos. Calles pretendió hacer efectivos los artículos de la Constitución de 1917 prohibiendo el culto católico. Se reunieron más de un millón de firmas oponiéndose a tal medida, pero Calles permaneció firme: o las Cámaras o las armas.

Hasta la visita de Benedicto XVI, este capítulo de la historia mexicana me resultaba desconocido. Y llamó más mi atención sobre los “cristeros”, cuando escuché, entre las canciones que se interpretaban en honor del Santo Padre, un corrido de los interpretados por el gran Vicente Fernández, cuya letra es elocuente: “El martes me fusilan/a las 6 de la mañana,/por creer en Dios eterno/y en la gran Guadalupana./(…) Adiós sierras de Jalisco,/Michoacán y Guanajuato,/ donde combatí al Gobierno/que siempre salió corriendo./ (…) Soy labriego por herencia,/ Jalisciense de naciencia./No tengo más Dios que Cristo/ porque me dio la existencia./ Con matarme no se acaba/ la creencia en Dios eterno./ Muchos quedan en la lucha/ y otros que vienen naciendo./ Es por eso me fusilan/ el martes por la mañana./ Pelotón, prepareeen, apunteeen/ Viva Cristo Rey y fuego”.

Justo durante la visita del Santo Padre a México, tuvo lugar el Roma el preestreno de la película mexicana “Cristiada”, sobre la revolución de los cristeros, dirigida por Dean Wright y con un reparto de calidad: Andy García, Peter O´Toole, Eva Longoria, Rubén Blades, Eduardo Verástegui. Se estrenará en México el 20 de abril y en USA el 1 de junio. La guerra empieza cuando, “suspendido el culto público, los federales llegan para suprimir también el privado (detención de sacerdotes) y profanar los templos”. El pueblo -campesinos en su mayoría- se levanta en armas contra el gobierno. Una lucha desigual, sin líderes notorios, ni estrategias ni armas. Y al grito de ¡Viva Cristo Rey!, ¡Viva la Virgen de Guadalupe!, los rancheros –llamados cristeros por los federales- se lanzaron a la pelea. Cuenta el historiador Jean Meyer que “hubo madres que lamentaban no tener hijos para mandarlos a la lucha, otras que contaban con solo un hijo con gusto lo despedían”.

Un viejo cristero cuenta su historia: “Ahora ando peleando contra el gobierno porque él persigue a Cristo Rey y a la Guadalupana y a todo lo que huele a Espíritu Santo (…) Les hemos enviado cartas protestas y les hablamos de justicia, de Dios y por eso más se burlan de nosotros y piensan que les tenemos miedo y más nos cargan encima… por eso no nos queda más que quitarles las carabinas y darles con ellas entre quijada y oreja…” Lo que empezó con una simple revuelta, se convirtió en una guerra de tres años. Los cristeros eran grandes caballistas y en eso superaron a la caballería improvisada de los federales. Noventa mil muertos son muchos muertos entre ambos bandos. Todos mexicanos. El Gobierno comprendió que no podía erigirse como un poder absoluto que arrasa con la historia, las costumbres y creencias de su pueblo.

Ante el Cristo del Cubilete, Benedicto XVI recordó que “las coronas que le acompañan, una de soberano y otra de espinas, indican que su realeza no es como muchos la entendieron y la entienden. Su reinado no consiste en el poder de sus ejércitos para someter a los demás por la fuerza o la violencia. Se funda en un poder más grande que gana los corazones: el amor de Dios que él ha traído al mundo con su sacrificio y la verdad de la que ha dado testimonio. Éste es su señorío, que nadie le podrá quitar ni nadie debe olvidar. Por eso es justo que, por encima de todo, este santuario sea un lugar de peregrinación, de oración ferviente, de conversión, de reconciliación, de búsqueda de la verdad y acogida de la gracia”. Pienso que los cristeros se unirían a la oración conciliatoria del Santo Padre.

Piura, 30 de marzo de 2012.

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