Han transcurrido cinco años de la llamada “revolución ciudadana” encabeza por Rafael Correa en Ecuador. Los celebró, rodeado de sus muchos simpatizantes, en Cuenca. Para el evento llegaron el cantante cubano Pablo Milanés y la guatemalteca Rigoberta Menchú. El gobierno aduce a su favor que sus logros en este período han sido el cambio de las estructuras del poder, carreteras, hospitales y escuelas. Quedaría pendiente la cuestión agraria. Ciertamente, he visto infraestructura muy mejorada, un acercamiento en las escalas sociales y un cambio notorio en la correlación de fuerzas políticas; pero al precio de un exorbitante presidencialismo, colindante con el “poder salvaje” del que habla Luigi Ferrajoli, según lo referí en esta columna unas semanas atrás.
La “revolución ciudadana” es Rafael Correa, caudillo indiscutible del movimiento. De hecho, el bloque de Alianza PAIS que lo llevó al poder no es, propiamente, un partido político. Suenan los tambores anunciando los comicios generales del 2013 y todo hace pensar que Correa se lanza como candidato de su bloque AP. ¿Contrincantes? Ninguno con la suficiente fuerza como para quitarle el triunfo. Lucio Gutiérrez es el único que lidera lo más parecido a un partido político estructurado, pero no goza de la suficiente legitimidad ni mucho menos del apoyo popular para ganar una lid de esta naturaleza. Forma parte del pasado que no ha sabido reinventarse.
El poder de Correa es avasallador. Ganó en primera vuelta en las elecciones del 2009 al amparo de la nueva Constitución que él promovió y triunfó en la consulta popular del 2011 por la que se introducen importantes reformas: intervenir en la justicia, establecer una ley de comunicación, limitar la actividad comercial de la banca y de los mass media, entre otras. Son medidas coherentes al estilo de gobierno de Correa. Una suerte de mesianismo político en continua confrontación con quienes discrepen de su propuesta, dispuesto a arrasarlos cuando se oponen a su programa político.
Mientras tenga las divisas que genera el petróleo, su modelo de gasto funciona; pero -como me decía un amigo economista ecuatoriano- el día en que el barril de petróleo baje a menos de US$60 (el barril está ahora alrededor de los US$100), no hay presupuesto que aguante la cantidad de compromisos que ahora atiende el gobierno. Más aún, teniendo en cuenta que el modelo económico es de crecimiento hacia dentro, con tendencia a sofocar, incluso, al empresario nacional. El sector financiero es una buena muestra de este nacionalismo económico. Ecuador tiene más de veinte bancos locales. Del extranjero, sólo está el City Bank, no hay banca extranjera, pese a que la legislación vigente lo permite.
Correa, al igual que su homólogo Chávez, tiene un programa radial, el enlace sabatino. En el Perú, lo más parecido a esta exposición mediática fue la época del militarismo velasquista, en el que empezábamos el día con el himno revolucionario. Escuché el programa (el rating es bajísimo, por cierto), en él, Correa ajusta cuentas con los funcionarios y con sus adversarios políticos de pico a pico. No es el mensaje de un mandatario a todos los ciudadanos, es el mensaje de un iluminado convencido de que su propuesta es la única válida. Alan García, a quien hablar nunca le disgustó, es un bebé de pecho en comparación con Correa. Agradezco el estilo de Humala, de pocas palabras y pudoroso en sus intervenciones.
Más carreteras, sí; pero, mucha menos democracia en todo este tiempo. La división de poderes está difuminada y, la libertad de expresión –garantía del sano juego democrático- está seriamente limitada. No hay espacio para el periodismo libre. El diario El Universo de Guayaquil está a la espera del recurso de casación que ha interpuesto contra la sentencia de primera y segunda instancia que lo condena a una reparación civil de cuarenta millones de dólares a favor de Rafael Correa, además de tres años de prisión para sus directores, por el delito contra el honor. El ex editor de opinión del diario está exiliado en Miami. A esto se suma la propuesta presidencial para modificar el Código de la Democracia (ley electoral), por la cual se “prohíbe a los medios de comunicación hacer promoción directa, ya sea a través de reportajes, especiales o cualquier otra forma de mensaje, durante la campaña electoral”. Es decir, atropello tras atropello.
Hay, me temo, Correa para largo. El poder ha socavado los cimientos de la democracia constitucional y tiene del cuello al Estado de derecho. El poder ha maniatado las manos de la libertad.
Guayaquil, 20 de enero de 2012.