Vaclav Havel, el poeta convertido en presidente de la República Checa, ha fallecido a los 75 años. Europa pierde a uno de sus más lúcidos intelectuales, una especie de león entre dos mundos, observador agudo del encuentro entre el occidente democrático y los primeros pasos liberales de los países del Este, después de la caída del muro de Berlín en 1989. Políticamente incorrecto por donde se lo mire, ya sea durante los años del comunismo en Checoslovaquia, como durante el poscomunismo en la naciente República Checa. El centro de su obra y actuación fue siempre el hombre y la mujer concretos. Las ideologías, las abstracciones políticas, las promesas mesiánicas las consideró como fatales utopías. Si había que reconstruir al mundo,  había que hacerlo desde “la existencia del hombre, de la reconstrucción sustancial de su posición en el mundo, de su relación consigo mismo, con los otros hombres y con el universo.  Sólo con una vida mejor se puede construir también un sistema mejor”.

En una entrevista realizada por la escritora Monika Zgustová en 2009, Havel recordaba que “no fue ningún ejército quien derrumbó al comunismo, sino la vida, el espíritu humano, la conciencia, el rechazo del hombre a la manipulación”. Convicción que ya apuntaba en su libro “El poder de los sin poder” (1990) en donde afirma que “el ser humano busca relaciones auténticas, no estamos hechos para vivir en la mentira”. Estamos, ciertamente, hechos para vivir en la verdad. Lo sabían muy bien los llamados disidentes de la época de la cortina de hierro. Entre ellos, Alexander Solzhenitsyn quien, al igual que Havel, centró su denuncia contra el sistema soviético, precisamente, en la recuperación de la verdad para la salud social y la regeneración de la dignidad humana.

Compromiso con la verdad y rechazo del mal son imperativos éticos, no promesas políticas. Es hacer reales y transparentes a las relaciones sociales, muchas veces desfiguradas por el peso de leyes y burbujas financieras, que ocultan la corrupción moral, alimento de las crisis sociales y económicas que sufrimos. Quizá esto último explique en gran parte la posición de los indignados en Europa y en Wall Street. Reaccionan contra las finanzas y sus mecanismos abstractos, sólo descifrables a un pequeño número de iniciados, algunos de los cuales aprovechan de su pericia para jugar con el dinero ajeno. El problema de la crisis económica mundial no es sólo un problema de política fiscal. Europa cruje. El Estado de Bienestar no puede seguir siendo el mismo, pero tampoco basta el libre mercado para salvar al ama de casa de la codicia de los especuladores. Lo importante no es el libre mercado –es una ideología más-, lo importante es que el mercado sea realmente libre. Para esto último no son suficientes las curvas de oferta y demanda, se necesita –diría Havel- hacer que la política de un viraje “hacia el individuo concreto como algo sustancialmente más profundo que la simple vuelta a los mecanismos habituales de la democracia occidental o –si se quiere- burguesa”.

Havel llegó a ver a la sociedad poscomunista y lo que vio no le dejó tranquilo. En algunos casos, fueron los antiguos jefes comunistas quienes, cual “transformes”, trucaron las reglas del capitalismo y se instalaron en él, generando un capitalismo mafioso. Queda mucho camino por andar. Havel ha cambiado la forma de mirar el futuro: el centro es la persona, no el sistema.

Piura, 19 de diciembre de 2011

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