Termina un año y empieza otro. Es tiempo de Navidad y, para muchos, es también tiempo de vacaciones: descanso, lecturas, viajes, tiempo con la familia. Es, asimismo, el momento del balance y del presupuesto. Hay mucha sabiduría en el tan repetido “feliz Navidad y próspero año nuevo”. A nadie le deseamos la infelicidad y, mucho menos, un futuro catastrófico. Miramos a nuestro alrededor y vemos un 2011 mundial muy movido. Tan sólo la crisis económica europea y estadounidense ya nos obliga, a nosotros los peruanos, a tomar ciertas precauciones macroeconómicas a fin de paliar los efectos negativos que podrían impactar en nuestra economía.
A nivel personal, seguro que hemos hecho mucho. Servicios y productos útiles las más de las veces. Le pregunto a un imaginario Juan, ¿qué tal el año? “Bien –responde- He tenido más horas de clases. He ganado más dinero. Compré la computadora que deseaba. Le he dado a mi familia más comodidades”. Una respuesta estándar que lleva consigo el sello de nuestro tiempo: producir, ser útil. Da lo mismo que sea una tuerca, un Smartphone, un curso de filosofía, un poema o un sermón dominical. Todos son productos que se venden en el mercado. No nos debe extrañar por tanto que cuando en la universidad se le pone al alumno un curso de Arte – por ejemplo- más de uno diga con disgusto “¿arte?, ¿para qué me sirve?, si yo me quiero dedicar a las finanzas”. Es la cultura predominante en la que nos movemos: desear, querer, producir, comprar, tener, desechar.
La técnica nos ha permitido ganar en calidad de vida, pero hay que ir a su ritmo, de lo contrario atrás quedan los rezagados, hombres y mujeres desconectados del progreso porque no llega a ellos o, simplemente, porque los años se les vino encima y ya no están para tecnologías de avanzadas: nada de iPad, tabletas informáticas, e-books, o nubes de datos, con las justas teléfono fijo. En este mundo la pregunta del “para qué sirve esto” campea a gusto. Artefactos cada vez más potentes, accesorios y complementos al alcance de un click. Lo útil ocupa un lugar importante en la vida humana: como verduras para bajar de peso, para estar sano, para lucir bien en la playa, etc. Son cadenas productivas en donde un eslabón es medio para el otro.
Pero el “para qué” de lo útil admite otro “para qué”, más profundo, por más esencial; es la pregunta del sentido de la vida: ¿para qué todas estas cosas? Tenemos más, usamos el último modelo de televisor, ¿somos, acaso, más felices?, ¿somos más familia?, ¿hablamos más entre nosotros? Y quien dice televisor, dice auto, ropa, viajes… Pienso, a propósito de esto, en una escena de la obra de teatro de Juan Pablo II, “El taller del orfebre”. Ana y Esteban llevan varios años de matrimonio. Las relaciones entre ellos se han deteriorado mucho. Ana se siente relegada por Esteban. Las riñas son continuas. Un día sale a caminar y pasa delante de una joyería. Decide vender el anillo. El joyero le pregunta por qué quiere venderlo y ella simplemente responde “para lo que me sirve”. El joyero pesa el anillo y el fiel de la balanza no se mueve: su peso es cero gramos. La mujer reclama y señala que eso es imposible. El orfebre con absoluta calma le dice: “Señora, esta es una balanza especial. Este anillo sólo pesa acompañado del otro, porque aquí se pesa el ser y el destino del hombre”.
Fin de año, un buen momento para preguntarnos cuánto nos deja el 2011 en la balanza que no pesa cuánto tenemos, sino lo que somos.
Piura, 18 de diciembre de 2011