Ha llegado diciembre, fin de año. Para la gran mayoría de nosotros significa el término de un trecho de nuestra andadura. Tiempo para dejar que el cuerpo y el alma se distiendan después de todos estos meses de trabajo, tensión y hombros cargados de afanes, con sus penas y alegrías. Para algunos en particular es, también, una gran oportunidad de ventas. Las tiendas se visten de colores, aparecen los arbolitos navideños, los nacimientos; se oyen villancicos. Las gratificaciones tienen sus días contados, casi todo se irá entre compras y regalos. Nos preparamos para la Noche Buena y para la fiesta de fin de año. El calendario anuncia la llegada del 2012: deseamos que el Perú siga creciendo y nos llegue una buena dosis de cordura para no ahogarnos ni en un vaso de agua ni en uno de oro ¿Y en qué nos basamos para desear un año nuevo cargado de parabienes? ¿Cálculo, estadísticas, conjuros; los astros, las cartas? Habrá de todo un poco, pero al momento del brindis lo que está detrás de los tiernos y buenos deseos  que expresamos es, simplemente, la esperanza.

La esperanza  anima, no  ahorra el esfuerzo ni las cargas, pero nos hace mirar el futuro con optimismo, en el convencimiento de que lo deseado puede llegar. La esperanza deja las puertas abiertas a la sorpresa, al milagro, a la imaginación, a los reyes magos, a los cuentos de hadas. Sin esperanza no hay cenicienta, ni baile hasta la medianoche, ni zapatito perdido. ¿Y qué haríamos la noche de Navidad  sin la esperanza de los regalos, de las caritas felices, del pavipollo en la cena de Noche Buena? Cuando falta la esperanza sólo queda la exactitud, el cálculo, el resultado necesario, la cartela de instrucciones para los casos de emergencias.

En rigor, el racionalista no puede escapar al presente. Tiene todo medido y sabe con precisión suiza qué pasará en el siguiente minuto. Como dice Leonardo Polo, ha desfuturizado el futuro. El futuro ya no es lo que podría ser, sino  lo que será de hecho: mañana amanece, sí o sí. El racionalismo ha convertido a la vida en un silogismo: si A es igual a B, y B es igual a C; entonces, A es igual a C. La exactitud y la necesidad saben de certezas, pero no de esperanzas. Afortunadamente, la vida desborda a los presupuestos. Quien ha vivido en el campo sabe que ni la misma naturaleza, tan dada a mantener rutinas, es tan exacta. El agricultor y el jardinero lo saben y cuando les preguntamos qué tal será la campaña del año siguiente, la respuesta suele ser “esperamos que sea buena”. Se abona, se siembra, se riega y se espera.

La esperanza, para quien sólo se tiene a sí mismo, es un mero juego de azar, simples dados tirados a la mesa sin ton ni son. La esperanza para el cristiano, en cambio, es confianza en  Dios,  Logos y Amor a  la vez, quien cuida de sus criaturas, cuyos ruegos escucha. Y así, el enfermo postrado en cama sabe que su dolor tiene sentido. La abuela desgrana las cuentas de su rosario y en cada avemaría pide por sus hijos, nietos y por el mundo entero. La mamá escucha las cuitas de su hija  y le dice confiada “verás que todo sale bien”. Es la misma actitud de la doncella de Nazaret, a quien llamamos Spes nostra (Esperanza nuestra). Está en la dulce espera. Lleva en su seno al Dios hecho hombre, cuyo nacimiento da sentido al mes de diciembre y a la historia de la humanidad. Una nueva oportunidad para hacernos niños con el Niño. Un nuevo intento para bordar, con renovada esperanza, el año nuevo que se avecina: ¡bienvenida Navidad!

Piura, 3 de diciembre de 2011

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