Terminado el día o la semana de trabajo agitado, cómo se agradece el retorno a casa para reposar y atender los asuntos familiares. El hogar es el lugar por excelencia para encontrar el cariño que repone, la palabra que anima y el silencio que acompaña. Amor y acogida que no nacen solos, lo sabemos. Hay que cultivarlos. No se puede pasar toda la vida con mentalidad de niño: mamá, quiero mi comida; papá, dame plata; hermanas, bailen para mí; Alfred, lava el carro. Si el hogar es calor y vida, lo es porque todos (unos más que otros) van estirando el mejor Juan que llevan dentro y ponen la capa al suelo para que la doncella pise blando.
“Aprende silencio y enseña silencio” decía Kierkegaard (1813-1855), uno de los grandes filósofos que se tomó la vida con seriedad, cuyos escritos son una magnífica escuela para aprender a dar en la diana de la vida. El silencio no es la “hora loca” de las fiestas, ni hace falta cambiar la hora loca por la “hora del silencio”. El silencio no habita en las pistas de baile, ni en los conciertos de rock o en el bullicio de los bares. Y así, como del fenómeno del Niño se pudo decir que “poca agua, malo; mucha agua, mucho malo”; del silencio se puede decir algo semejante: silencio, el necesario, ni más ni menos. Porque cuando toca hablar, no hay silencio que valga. Lo saben los deportistas. En el partido de voleibol, cuando van varias jugadoras por la bola y se interrumpen, se escucha al fondo la voz de la entrenadora que grita: ¡háblense! Cuando se debe hablar, se habla.
Silencio para oír el rumor de la Creación y meditar a solas las ideas, proyectos, sueños. Es el silencio de la noche, cuando cesa el ruido y se puede caminar por el campus de la Universidad o por alguna calle segura, salir al jardín, asomar por la ventana, sentarse en un rincón agradable y confesar lo que únicamente en soledad se puede decir. Es el momento de la sinceridad, no delante del espejo, sino delante de Dios, Señor de las estrellas, para cuya confesión como lo dice José Luis Perales, “no necesito el aire, ni la lluvia, ni una noche de luna, ni una playa, ni un sol de medianoche, ni una rosa trepando a la ventana”, tan sólo el silencio. Soledad y silencio se hermanan e iluminan a la compañía y al bullicio.
Quizá nuestra cultura sienta un cierto horror al silencio, no porque el silencio sea vacío, sino más bien, porque pone en evidencia el vacío que llevamos dentro. Estamos acostumbrados a movernos. No tener nada que hacer causa espanto. Enfrentarse a las horas sin plan alguno asusta. Y como nos apuren un poco, lo más profundo que decimos es el “!move, move, move¡” (muévanse) de las películas de acción: mucho ruido, mucho muerto y vuélvase al mismo plan la siguiente semana. Ciertamente, si no hay nada que guardar en el corazón para luego meditar, el silencio sobra, sobreviene el aburrimiento y empiezan a gestarse las pequeñas o grandes crisis existenciales.
“El silencio, dice Kierkegaard, no es algo determinado, pues no consiste en que no se hable. No, el silencio es como la luz tenue en un cuarto acogedor, como la amabilidad en una sala pobre: no es aquello de lo que se habla, pero está ahí y ejerce su benéfico poder. El silencio es como el acorde básico que no se destaca, y que justo por eso se llama básico, porque sirve de base”. Sí, el silencio, arropa al misterio y nos acerca a la realidad en su hondura y riqueza.
Piura, 9 de noviembre de 2011.