Cada inicio de año es un nuevo recomenzar, de ordinario, cargado de buenos deseos para que todo sea mejor: en la familia, en el trabajo, con los amigos. Es lógico que hagamos planes y que pensemos en el futuro. El jefe se sienta con el trabajador y le dice lo que la empresa espera de él y espera mucho y, claro, el empleado también espera y mucho de su institución. En gran parte, de este encuentro o desencuentro de expectativas dependerá el desempeño de cada uno de los trabajadores y, por tanto, el rendimiento de la misma empresa. No se trata sólo de trabajar sino, también, de tener motivos para trabajar.
Nos resultará muy aleccionador fijarnos una vez más en aquella escena de la película My fair lady (1964). El profesor Higgins ha terminado exitosamente con su experimento y ha conseguido hacer de Eliza Doodlittle –al inicio sólo una sencilla y poco cultivada florista- una fina y distinguida dama y todo ¡sólo en seis meses! Elisa Doodlittle se siente defraudada de su maestro, pues percibe que ha sido un simple objeto para ganar una apuesta. Se va molesta de la casa y, luego de una corta pesquisa, Higgins la encuentra y es en esa conversación cuando Eliza Doodlittle le hace notar lo que echa en falta: el Coronel Pickering, amigo de Higgins, la trata como una dama; en cambio él, la trata como una florista.
La escena nos es familiar como lo ha sido para la Humanidad entera desde la clásica Grecia al presente. Es la recreación del mito de Pigmalión, aquel escultor griego que hizo una estatua tan perfecta que se enamoró de ella. Afrodita se compadece de él e infunde vida a la estatua, convirtiéndose en la famosa Galatea. El mensaje es claro: si me tratas como dama, dama seré; si me tratas como florista, florista seré. O dicho de otro modo, si me das un trato de segunda, no me pidas un comportamiento de primera.
En términos prácticos esta sencilla idea se puede formular del siguiente modo: las buenas intenciones de la organización se tienen que reflejar, también, en los sistemas operativos de la empresa. No es coherente, por ejemplo, decirle al colaborador que contamos con él, que valoramos su trabajo, etc., pero que en el siguiente aumento de sueldo, él no está contemplado. Un asunto presupuestario de esta naturaleza pone a la luz, más bien, que al colaborador se le está dando un trato de segunda y difícilmente se podrá pedir, después, un resultado de primera.
¿Queremos para el 2006 resultados de primera? Pues que nuestras palabras, ofrecimientos y hechos sean de primera.